Todo empezó con un sueño

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Yo siempre he dormido bien y he soñado mucho, pero rara era la ocasión en la que me despertara si no era por algún sobresalto o para ir al baño con urgencia.

Hasta que un día empecé a soñar con mi abuela, la madre de mi padre.

Hacía mucho que no pensaba en ella. De hecho no tenía demasiados recuerdos suyos. Creo que no fue una persona que tuviera una gran influencia en mi vida. La recuerdo como una mujer de mucho carácter, no excesivamente cariñosa y con más de una asignatura pendiente. No eran sueños agradables sino más bien recriminatorios. Como si le debiera algo. Tampoco tengo las imágenes claras, solo sé que me desperté de madrugada con una sensación extraña y no conseguí volver a dormirme.

El sueño se repetía día tras día y siempre terminaba con un “y que no se te olvide”. ¿Cómo se me iba a olvidar si no había manera de que me dejara dormir? Fue una época difícil en la que empecé a cultivar unas bonitas ojeras y mi rendimiento durante el resto de la jornada dejaba mucho que desear.

Un día me desperté a las tres de la mañana, me levante, cogí papel y lápiz, y medio dormida, escribí todo lo que recordaba. Mi abuela podía estar segura de que ya no se me iba a olvidar. Después volví a meterme en la cama y dormí como una bendita lo que quedaba de noche.  Lo recuerdo como algo fantástico.

Pero no fue suficiente para mi abuela. No tardó ni una noche en volver a aparecer por mis sueños con nuevas instrucciones. Y cada día me levantaba a horas peregrinas para escribir lo que me contaba. Eran pensamientos inconexos, recuerdos de infancia y de juventud que no había oído nunca, opiniones sobre personas de mi familia, descripciones de lugares en los que nunca había estado, estados de ánimo a veces tristes, a veces airados, a veces felices. Y después de guardarlo todo en papel volvía a dormirme como si ya hubiera cumplido con mi cometido diario.

Llegó un momento que tenía acumuladas tantas notas que nada tenían que ver las unas con las otras, que ya no sabía dónde meterlas y casi sin darme cuenta, empecé a mirar fotos antiguas y a asociar lo que había escrito con momentos familiares y recuerdos de las historias que me habían contado de pequeña. “A ver, abuela, ¿Qué quieres que haga con todo esto?”

El mismo día que comencé a escribir una historia, mi abuela desapareció de mis sueños. Digo “una” historia, porque de ninguna manera se puede considerar que sea la suya. No la conocía apenas y no me había contado suficiente como para poder reconstruirla. A lo mejor solo pretendía que me pusiera en marcha, que empezara de una vez.

Yo creo que, allá donde esté, debió divertirle mucho que la hiciera protagonista de una vida que se basaba en cuatro mimbres que recordaba y un montón de notas que me dictó, pero que es pura invención y posiblemente mucho más intensa que la que vivió en realidad. Es una historia de sueños y ambición, pero también de decepciones y superación. De esas en las que a todos nos gustaría ser protagonistas pero que, al mismo tiempo, no querríamos vivir nunca.

La cuestión es que, después de año y pico de trabajo, muchos litros de té y casi cuatrocientas páginas, conseguí terminar el primer borrador de “Geranios en el balcón”.

 

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Preparada

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Con los brazos cruzados encima la mesa, la cabeza recostada sobre ellos, un reciente bigote de Cacao y recibiendo el primer sol de la mañana a través del enorme peral que vigila la casa, me he recordado a mi misma hace cincuenta años.

¡Que feliz es la ignorancia infantil!

Sin levantar la cabeza recorro con la mirada todo lo que el gesto alcanza. Tengo un gran vaso de zumo de frutas recién triturado esperándome al otro lado de la mesa. A su lado, las pastillas de magnesio y colágeno me recuerdan que no, no soy la de hace cincuenta años. Por el momento decido ignorarlas.

Una lagartija quiere cruzar la puerta, y hago el amago de decirle que deje de hacer tonterías, dentro no va a encontrar nada,  su mundo está fuera. Pero sospecho que necesita averiguarlo por sí misma, que su afán de aventura y su inconsciencia adolescente no le permitirán aceptar ningún consejo.

Los perros ladran. Si no fuera por ellos, el silencio sería casi absoluto.

Después de una primavera tan lluviosa, el verano ha explotado con fuerza. El verde vuelve a inundar los prados que hace unas semanas estaban encharcados, sobresaturados de agua. Los árboles están frondosos como hacía tiempo que no los veía. Será un año magnífico para los frutales.

Voy a preparar una jarra grande de té frío.

Tres días para cargar energía y encarar con entusiasmo una semana que se promete intensa y llena de emociones.

Estoy tentada de plantar geranios, pero aquí no hay balcones.

Fortunata

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Ahora, superado el solsticio de verano, y después de una hermosa noche de San Juan rodeados de buenos amigos en la que hemos tenido la simbólica oportunidad de lanzar a la hoguera los lastres y muebles viejos que hemos ido acumulando durante el año, tengo la sensación de estar en paz conmigo misma y en las mejores condiciones para disfrutar de todo lo que el futuro me promete.

No puedo estar más contenta.

“Geranios en el balcón” es el resultado de muchos meses de trabajo, al principio en solitario y, durante los últimos dos años, en colaboración con un fantástico equipo que ha creído en él  y lo ha convertido en una realidad.

A pesar de la vergüenza, porque para mí es como presentarse desnudo, el hecho de escribir presupone un deseo de ser leído. Son muchos los que lo intentan, pero conseguirlo es difícil. El camino es largo y hay que tener un buen golpe de fortuna para hacer coincidir tiempos, espacios y a las personas adecuadas. Yo lo he tenido y no me cansaré de agradecerlo.

Hoy, por fin, mi criatura empieza su andadura. Ya no podré acompañarla allá donde el destino la lleve, ya no podré hacer nada más por ella. Confío, igual que si de un hijo se tratara, en que todo el cariño que se le ha dado, todo el tiempo que se le ha dedicado, le procure un bonito porvenir. Imagino que, como todo hijo, me hará sufrir, necesitará mi ayuda en algún momento, me pedirá independencia, me dará disgustos y satisfacciones.

Solo me queda desearle toda la suerte del mundo.

Yo tenía una tetera

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Era una tetera sencilla cuyo gran valor era el de ser un bonito regalo de cumpleaños de mi hermana. Yo le tenía mucho cariño y la usaba a diario.

Una de esas tardes que suelo pasar escribiendo frente al ordenador, decidí tomarme un descanso y servirme la última taza de té. Quedaba poco y volteé la tetera demasiado. Tanto que la tapa se desplazó de su sitio y cayó. El mundo se paró durante unos segundos y pude ver, a cámara lenta, como chocaba contra el suelo y se rompía en un montón de pedazos.

Me costó reaccionar. Con mucho cuidado, como si pudiera hacerles daño, recogí cada fragmento y los puse dentro de un cuenco de plástico de color fucsia. No me vi capaz de tirarlos y los deje toda la noche sobre el mármol de la cocina a modo de velatorio.

A la mañana siguiente me levanté con la intención de preparar el té, pesarosa y resignada.

La tetera estaba igual que la había dejado, pero cubierta por su tapa intacta.

Tengo que decir que, durante unos instantes, dudé, no entendí, me extrañé y me asusté. Estaba segura de lo que había vivido la noche anterior. Allí estaba el cuenco fucsia para demostrarlo, pero vacío como un ataúd sin difunto. Y yo tenía la sensación de estar presenciando una resurrección.

O eso, o los duendes de los cuentos existen realmente y durante la noche se reunieron en mi cocina para darme una sorpresa.

Creo que eso fue lo que pasó, porque en cuanto le di la vuelta a la tapa, todas las cicatrices del accidente quedaron a la vista, demostrando que no veía visiones.

Solo tengo dos posibles duendes en mi casa y ninguno de los dos quiso confesar.

20160426_082042Fuera quien fuera, por desgracia usó un pegamento poco adecuado que con el vapor se fue deteriorando, y una tarde, mientras tomábamos el té, el puzle se desmontó y todos los trocitos de tapa cayeron dentro de la tetera, chapotearon un poco y chocaron contra el fondo emitiendo un ligero y último sonido.

Guardo esa tetera por lo que significa. No solo porque fue un bonito regalo de cumpleaños. También simboliza el esfuerzo que hizo alguien para hacerme feliz.

 

Una sopa muy rica

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Esta noche cenamos sopa. Sin apenas tiempo para prepararla, será lo que nosotros llamamos una “sopaprisa”. Es decir, sopa de sobre. Suelo adornarla para que no parezca tan prefabricada, y esta vez he picado el pollo que sobró del medio día y he añadido un par de huevos para que se pochen con el último hervor.

El resultado es aceptable.

El pollo, con el calor, ha dejado ir la poca grasa que le quedaba, adornando la superficie de la sopa con pequeños circulitos de grasa. No he podido evitar recordar un cuento que nos contaba mi madre cuando éramos pequeños.

Esta es mi versión de un cuento familiar.

 

El diablo se dignó pisar la tierra con el propósito de castigar a un posadero avaro y miserable que cobraba, a precio de oro, un líquido infame que hacía llamar “sopa del peregrino” y que no era más que agua caliente con migas de pan rancio. Sentarse a su mesa, sucia y pegajosa, era la única opción que tenían los desafortunados caminantes ya que en varios kilómetros no había otra posada en la que llevarse algo caliente a la boca. Y el posadero, soberbio y orgulloso, solo sabía presumir de ser el comerciante más listo y  rico de la comarca.

Un día entró en el establecimiento un hombre de aspecto imponente que vestía las mejores galas que jamás se habían visto por el lugar. Impresionado, el posadero se deshizo en halagos y cortesías exageradas, provocando las risas de la concurrencia.

-Sírveme la mejor sopa que tengas-, le dijo el extraño.

El posadero se esforzó inútilmente en disimular el escaso alimento que había en el brebaje que tenía hirviendo sobre el fuego. Su huésped ni se dignó a probar lo que le puso sobre la mesa. Se limitó a oler el contenido del plato, dibujo una mueca en el semblante y le dijo:

     -Volveré mañana y espero ser mejor servido. Te pagaré una moneda de oro por cada cerco de grasa que encuentre en plato. Haz una olla grande.

Luego se dirigió al resto de los presentes.

     -Están todos invitados.

Viendo frente a sí el negocio de su vida, el posadero apenas pudo dormir planeando la mejor manera de llenar de sustancia su olla, calculando la inversión necesaria e imaginando la cantidad de riqueza que iba a acumular en tan poco tiempo. No podía creer tanta fortuna para él ni tanta estupidez en la propuesta del extranjero.

Al día siguiente vació el cofre donde guardaba todo su oro y fue al mercado para gastarlo en los mejores chorizos, morcillas y pancetas. Compró pulardas, gallinas viejas, un faisán y la cabeza de un cerdo. Llenó varios cestos con las verduras más frescas, los tubérculos más hermosos y las especies más caras y aromáticas. Completó la compra con el mejor vino que le aseguraron en el convento. Había gastado todo lo que tenía, incluso había dejado algo a deber, pero los beneficios iban a ser extraordinarios, valía la pena el gasto. Satisfecho, volvió a casa dispuesto a pasarse todo el día en la cocina.

A última hora de la tarde la posada estaba a reventar. Había corrido la voz, y la expectación que provocaba el acontecimiento solo se podía comparar con la de una buena ejecución.

A la hora convenida apareció el diablo disfrazado de noble atravesando la puerta e inmediatamente se hizo un silencio sepulcral. El posadero le había reservado una mesa cerca de la ventana, en el mejor lugar de toda la estancia, a la vista de cualquier curioso. Un mantel agujereado y mugriento pretendía dar algo de clase. Sobre él, una jarra de vino, un vaso de barro y una cuchara de madera que había vivido mejores tiempos.

Las miradas silenciosas iban del anfitrión al cliente y viceversa. El posadero se tomó su tiempo para presentar el guiso. Escogió el pozal más ancho y profundo entre todos los que tenía, pensando que cuanto mayor fuera la superficie, más cercos de grasa podrían contarse, sirvió una buena porción y la dispuso frente al visitante.

     -Ahora sirve al resto.

Con cierta desgana tardo en servir a la concurrencia que recibía con regocijo tan inusual manjar. Cuando terminó se acercó a su ilustre huésped con la intención de hacer cuentas y cobrar la fortuna prometida.

La cantidad de viandas y embutidos que hervían en el caldero habían producido centenares de pequeños cúmulos de sebo que, durante el tiempo que el posadero había invertido en servir al resto de los comensales, se habían ido emulsionando unos con otros hasta formar una única y enorme acumulación de grasa del tamaño del perímetro del pozal.

El diablo miró fijamente al posadero y, con la misma parsimonia con la que este le había servido, sacó una sola moneda de oro y la colocó encima de la mesa. Después se levantó y salió de la posada, haciendo un gesto con el brazo para recoger la capa que le cubría, de manera que todo el mundo pudo ver su rabo en alegre movimiento.

 

Miro mi plato de sopa y entiendo porqué siempre decíamos que era rica. Está plagada de pequeños círculos llenos de recuerdos infantiles.

 

Un calabacín o cualquier otra cosa sin importancia

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¡Ay, las cosas sin importancia! Una verdura perdida en el fondo del cajón de la nevera, un periódico caducado, el bote de cacao vacío, alguna palabra dicha con cariño… o sin él. Realmente cosas sin importancia y que pueden acabar teniendo una relevancia inesperada y sorprendente.

“te lo dije sin pensar, no le des más importancia”. Sí, pero desde ese momento caí enamorada a tus pies, o destrozaste una ilusión infantil.

Ahora ese bote de cacao, decorado con esmero, está lleno de ilusiones y proyectos.

Con el periódico se crearon joyas impresionantes.

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Un collar hecho en horas de manualidades con las niñas, unos pendientes llegados desde Alemania, una bonita caja donde guardarlos, traída de Argentina. En todo el mundo hay mentes creativas con capacidad para extraer, de lo menos importante, autenticas obras de arte.

Y con un calabacín solitario, vamos a hacer un postre muy especial. ¡Cuanto hacía que no publicaba una receta!

Apunta.

300 gr. de calabacín rallado y sin piel

250 gr. de mantequilla

350 gr. de azúcar

4 huevos

280 gr. de harina

135 gr. de frutos secos (nueces, avellanas, almendras o una buena mezcla de todos ellos)

1 cucharadita de levadura en polvo

1 cucharadita de mezcla de especies (canela, clavo, nuez moscada, jengibre…)

Una puntita de sal y otra de bicarbonato

Azúcar glass y el zumo de medio limón

No tiene secreto. Mezclamos la mantequilla blanda con el azúcar y batimos hasta que blanquee (es curioso como a base de batir, la mezcla va perdiendo su color amarillo y cada vez es más blanco). Hay quien prefiere usar aceite en lugar de mantequilla. A mí me parece que queda más suave con mantequilla, pero se puede cambiar. Añadimos los huevos uno a uno y después la harina, la sal, la levadura, el bicarbonato y las especies, todo junto pasado por el tamiz (o un colador) para evitar grumos desagradables. Después, el calabacín y los frutos secos.

La mezcla tiene un aspecto extraño pero no hay que hacerle caso. Esta masa da para rellenar dos moldes que pueden cocer al mismo tiempo, unos 50 minutos a 180º. Conviene comprobar si está cocido pinchándolo con un cuchillo. Si sale sin mancha de masa, está cocido. Si no, hay que dejarlo cinco minutos más y repetir la operación.

Una vez frío, mezclamos el zumo de limón y lo saturamos de azúcar glass hasta formar una crema espesa que usamos para cubrir el bizcocho, dejando que caiga por los lados.

Tengo que decir que lo probé con mucha reticencia y el resultado me pareció magnífico. Cada vez que lo hago recibe aplausos. Lo mejor es que aguanta jugoso muchos días. No sé cuantos porque en casa no dura más de tres. Ideal para compartir una bonita noche en casa de amigos como Ana y José Mª.

Ya me contarás.

Yo quiero ser Jessica Fletcher

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Cuando era pequeña y me preguntaban que quería ser cuando fuera mayor, yo siempre contestaba “cantante de ópera, aunque sea gorda”. Por desgracia solo he conseguido una de las dos cosas. Y es que soy consciente de que no me ha sido concedido el don de una bonita voz y tampoco lo he suplido con trabajo. He hecho un sin fin de otras cosas en mi vida y algunas me han aportado mucho. Pero siempre me había quedado la espinita de cantar y por fin, desde hace más de un año, canto en un coro de gospel que me da muchas satisfacciones.

Ahora, con la experiencia, la trayectoria y un montón de nuevas ilusiones, cuando me preguntan que quiero ser de mayor, la respuesta es rápida.

Yo quiero ser Jessica Fletcher.

De acuerdo que es un personaje de ficción, una madura heroína de las letras que escribe libros como churros, se les supone de calidad, y además le da tiempo de asistir a todo tipo de eventos, a dar clases en la Universidad, a visitar a centenares de familiares y amigos por todo el mundo, a pescar, a preparar bizcochos para invitar a tomar el té a sus vecinos y a resolver los crímenes más horrendos y rebuscados. ¡Pero quien no ha imaginado alguna vez ser Superman o un viajero del tiempo, uno de los tres Mosqueteros, Willy Fox, Marty McFly, el Conde de Montecristo o Elisabeth Bennet al lado del maravilloso Darcy!

Pues a mí me divierte imaginarme sentada frente a una máquina de escribir de las de antes, en la preciosa cocina de mi casa en un pueblo idílico cerca del mar, con una taza de té a la derecha, escribiendo otra novela de éxito y llevando esa vida activa que, siendo realistas, seguro que mis huesos no serían capaces de soportar. Aunque reconozco que nunca he acabado de entender como siempre está rodeada de gente que la aprecia si, vaya donde vaya, hay alguien que acaba irremediablemente muerto. Yo creo que acabaría teniendo la impresión de llevar el gafe encima.

Pero eso es lo bueno de escoger un personaje de ficción, que no tienes que quedarte con el paquete entero. Y hay que reconocer que esa mujer sabe cómo vivir.