Yo tenía una tetera

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Era una tetera sencilla cuyo gran valor era el de ser un bonito regalo de cumpleaños de mi hermana. Yo le tenía mucho cariño y la usaba a diario.

Una de esas tardes que suelo pasar escribiendo frente al ordenador, decidí tomarme un descanso y servirme la última taza de té. Quedaba poco y volteé la tetera demasiado. Tanto que la tapa se desplazó de su sitio y cayó. El mundo se paró durante unos segundos y pude ver, a cámara lenta, como chocaba contra el suelo y se rompía en un montón de pedazos.

Me costó reaccionar. Con mucho cuidado, como si pudiera hacerles daño, recogí cada fragmento y los puse dentro de un cuenco de plástico de color fucsia. No me vi capaz de tirarlos y los deje toda la noche sobre el mármol de la cocina a modo de velatorio.

A la mañana siguiente me levanté con la intención de preparar el té, pesarosa y resignada.

La tetera estaba igual que la había dejado, pero cubierta por su tapa intacta.

Tengo que decir que, durante unos instantes, dudé, no entendí, me extrañé y me asusté. Estaba segura de lo que había vivido la noche anterior. Allí estaba el cuenco fucsia para demostrarlo, pero vacío como un ataúd sin difunto. Y yo tenía la sensación de estar presenciando una resurrección.

O eso, o los duendes de los cuentos existen realmente y durante la noche se reunieron en mi cocina para darme una sorpresa.

Creo que eso fue lo que pasó, porque en cuanto le di la vuelta a la tapa, todas las cicatrices del accidente quedaron a la vista, demostrando que no veía visiones.

Solo tengo dos posibles duendes en mi casa y ninguno de los dos quiso confesar.

20160426_082042Fuera quien fuera, por desgracia usó un pegamento poco adecuado que con el vapor se fue deteriorando, y una tarde, mientras tomábamos el té, el puzle se desmontó y todos los trocitos de tapa cayeron dentro de la tetera, chapotearon un poco y chocaron contra el fondo emitiendo un ligero y último sonido.

Guardo esa tetera por lo que significa. No solo porque fue un bonito regalo de cumpleaños. También simboliza el esfuerzo que hizo alguien para hacerme feliz.

 

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Una sopa muy rica

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Esta noche cenamos sopa. Sin apenas tiempo para prepararla, será lo que nosotros llamamos una “sopaprisa”. Es decir, sopa de sobre. Suelo adornarla para que no parezca tan prefabricada, y esta vez he picado el pollo que sobró del medio día y he añadido un par de huevos para que se pochen con el último hervor.

El resultado es aceptable.

El pollo, con el calor, ha dejado ir la poca grasa que le quedaba, adornando la superficie de la sopa con pequeños circulitos de grasa. No he podido evitar recordar un cuento que nos contaba mi madre cuando éramos pequeños.

Esta es mi versión de un cuento familiar.

 

El diablo se dignó pisar la tierra con el propósito de castigar a un posadero avaro y miserable que cobraba, a precio de oro, un líquido infame que hacía llamar “sopa del peregrino” y que no era más que agua caliente con migas de pan rancio. Sentarse a su mesa, sucia y pegajosa, era la única opción que tenían los desafortunados caminantes ya que en varios kilómetros no había otra posada en la que llevarse algo caliente a la boca. Y el posadero, soberbio y orgulloso, solo sabía presumir de ser el comerciante más listo y  rico de la comarca.

Un día entró en el establecimiento un hombre de aspecto imponente que vestía las mejores galas que jamás se habían visto por el lugar. Impresionado, el posadero se deshizo en halagos y cortesías exageradas, provocando las risas de la concurrencia.

-Sírveme la mejor sopa que tengas-, le dijo el extraño.

El posadero se esforzó inútilmente en disimular el escaso alimento que había en el brebaje que tenía hirviendo sobre el fuego. Su huésped ni se dignó a probar lo que le puso sobre la mesa. Se limitó a oler el contenido del plato, dibujo una mueca en el semblante y le dijo:

     -Volveré mañana y espero ser mejor servido. Te pagaré una moneda de oro por cada cerco de grasa que encuentre en plato. Haz una olla grande.

Luego se dirigió al resto de los presentes.

     -Están todos invitados.

Viendo frente a sí el negocio de su vida, el posadero apenas pudo dormir planeando la mejor manera de llenar de sustancia su olla, calculando la inversión necesaria e imaginando la cantidad de riqueza que iba a acumular en tan poco tiempo. No podía creer tanta fortuna para él ni tanta estupidez en la propuesta del extranjero.

Al día siguiente vació el cofre donde guardaba todo su oro y fue al mercado para gastarlo en los mejores chorizos, morcillas y pancetas. Compró pulardas, gallinas viejas, un faisán y la cabeza de un cerdo. Llenó varios cestos con las verduras más frescas, los tubérculos más hermosos y las especies más caras y aromáticas. Completó la compra con el mejor vino que le aseguraron en el convento. Había gastado todo lo que tenía, incluso había dejado algo a deber, pero los beneficios iban a ser extraordinarios, valía la pena el gasto. Satisfecho, volvió a casa dispuesto a pasarse todo el día en la cocina.

A última hora de la tarde la posada estaba a reventar. Había corrido la voz, y la expectación que provocaba el acontecimiento solo se podía comparar con la de una buena ejecución.

A la hora convenida apareció el diablo disfrazado de noble atravesando la puerta e inmediatamente se hizo un silencio sepulcral. El posadero le había reservado una mesa cerca de la ventana, en el mejor lugar de toda la estancia, a la vista de cualquier curioso. Un mantel agujereado y mugriento pretendía dar algo de clase. Sobre él, una jarra de vino, un vaso de barro y una cuchara de madera que había vivido mejores tiempos.

Las miradas silenciosas iban del anfitrión al cliente y viceversa. El posadero se tomó su tiempo para presentar el guiso. Escogió el pozal más ancho y profundo entre todos los que tenía, pensando que cuanto mayor fuera la superficie, más cercos de grasa podrían contarse, sirvió una buena porción y la dispuso frente al visitante.

     -Ahora sirve al resto.

Con cierta desgana tardo en servir a la concurrencia que recibía con regocijo tan inusual manjar. Cuando terminó se acercó a su ilustre huésped con la intención de hacer cuentas y cobrar la fortuna prometida.

La cantidad de viandas y embutidos que hervían en el caldero habían producido centenares de pequeños cúmulos de sebo que, durante el tiempo que el posadero había invertido en servir al resto de los comensales, se habían ido emulsionando unos con otros hasta formar una única y enorme acumulación de grasa del tamaño del perímetro del pozal.

El diablo miró fijamente al posadero y, con la misma parsimonia con la que este le había servido, sacó una sola moneda de oro y la colocó encima de la mesa. Después se levantó y salió de la posada, haciendo un gesto con el brazo para recoger la capa que le cubría, de manera que todo el mundo pudo ver su rabo en alegre movimiento.

 

Miro mi plato de sopa y entiendo porqué siempre decíamos que era rica. Está plagada de pequeños círculos llenos de recuerdos infantiles.

 

Un calabacín o cualquier otra cosa sin importancia

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¡Ay, las cosas sin importancia! Una verdura perdida en el fondo del cajón de la nevera, un periódico caducado, el bote de cacao vacío, alguna palabra dicha con cariño… o sin él. Realmente cosas sin importancia y que pueden acabar teniendo una relevancia inesperada y sorprendente.

“te lo dije sin pensar, no le des más importancia”. Sí, pero desde ese momento caí enamorada a tus pies, o destrozaste una ilusión infantil.

Ahora ese bote de cacao, decorado con esmero, está lleno de ilusiones y proyectos.

Con el periódico se crearon joyas impresionantes.

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Un collar hecho en horas de manualidades con las niñas, unos pendientes llegados desde Alemania, una bonita caja donde guardarlos, traída de Argentina. En todo el mundo hay mentes creativas con capacidad para extraer, de lo menos importante, autenticas obras de arte.

Y con un calabacín solitario, vamos a hacer un postre muy especial. ¡Cuanto hacía que no publicaba una receta!

Apunta.

300 gr. de calabacín rallado y sin piel

250 gr. de mantequilla

350 gr. de azúcar

4 huevos

280 gr. de harina

135 gr. de frutos secos (nueces, avellanas, almendras o una buena mezcla de todos ellos)

1 cucharadita de levadura en polvo

1 cucharadita de mezcla de especies (canela, clavo, nuez moscada, jengibre…)

Una puntita de sal y otra de bicarbonato

Azúcar glass y el zumo de medio limón

No tiene secreto. Mezclamos la mantequilla blanda con el azúcar y batimos hasta que blanquee (es curioso como a base de batir, la mezcla va perdiendo su color amarillo y cada vez es más blanco). Hay quien prefiere usar aceite en lugar de mantequilla. A mí me parece que queda más suave con mantequilla, pero se puede cambiar. Añadimos los huevos uno a uno y después la harina, la sal, la levadura, el bicarbonato y las especies, todo junto pasado por el tamiz (o un colador) para evitar grumos desagradables. Después, el calabacín y los frutos secos.

La mezcla tiene un aspecto extraño pero no hay que hacerle caso. Esta masa da para rellenar dos moldes que pueden cocer al mismo tiempo, unos 50 minutos a 180º. Conviene comprobar si está cocido pinchándolo con un cuchillo. Si sale sin mancha de masa, está cocido. Si no, hay que dejarlo cinco minutos más y repetir la operación.

Una vez frío, mezclamos el zumo de limón y lo saturamos de azúcar glass hasta formar una crema espesa que usamos para cubrir el bizcocho, dejando que caiga por los lados.

Tengo que decir que lo probé con mucha reticencia y el resultado me pareció magnífico. Cada vez que lo hago recibe aplausos. Lo mejor es que aguanta jugoso muchos días. No sé cuantos porque en casa no dura más de tres. Ideal para compartir una bonita noche en casa de amigos como Ana y José Mª.

Ya me contarás.

Yo quiero ser Jessica Fletcher

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Cuando era pequeña y me preguntaban que quería ser cuando fuera mayor, yo siempre contestaba “cantante de ópera, aunque sea gorda”. Por desgracia solo he conseguido una de las dos cosas. Y es que soy consciente de que no me ha sido concedido el don de una bonita voz y tampoco lo he suplido con trabajo. He hecho un sin fin de otras cosas en mi vida y algunas me han aportado mucho. Pero siempre me había quedado la espinita de cantar y por fin, desde hace más de un año, canto en un coro de gospel que me da muchas satisfacciones.

Ahora, con la experiencia, la trayectoria y un montón de nuevas ilusiones, cuando me preguntan que quiero ser de mayor, la respuesta es rápida.

Yo quiero ser Jessica Fletcher.

De acuerdo que es un personaje de ficción, una madura heroína de las letras que escribe libros como churros, se les supone de calidad, y además le da tiempo de asistir a todo tipo de eventos, a dar clases en la Universidad, a visitar a centenares de familiares y amigos por todo el mundo, a pescar, a preparar bizcochos para invitar a tomar el té a sus vecinos y a resolver los crímenes más horrendos y rebuscados. ¡Pero quien no ha imaginado alguna vez ser Superman o un viajero del tiempo, uno de los tres Mosqueteros, Willy Fox, Marty McFly, el Conde de Montecristo o Elisabeth Bennet al lado del maravilloso Darcy!

Pues a mí me divierte imaginarme sentada frente a una máquina de escribir de las de antes, en la preciosa cocina de mi casa en un pueblo idílico cerca del mar, con una taza de té a la derecha, escribiendo otra novela de éxito y llevando esa vida activa que, siendo realistas, seguro que mis huesos no serían capaces de soportar. Aunque reconozco que nunca he acabado de entender como siempre está rodeada de gente que la aprecia si, vaya donde vaya, hay alguien que acaba irremediablemente muerto. Yo creo que acabaría teniendo la impresión de llevar el gafe encima.

Pero eso es lo bueno de escoger un personaje de ficción, que no tienes que quedarte con el paquete entero. Y hay que reconocer que esa mujer sabe cómo vivir.

El que guarda siempre tiene

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Esta es una de las frases más escuchadas en mi casa, junto con “a casa aunque sean piedras”. El contexto está siempre rodeado de risas y puedo garantizar que no tengo la casa llena de piedras… solo algunas. Y porque es un piso pequeño. “Nos hace falta una casa más grande” me dicen. ¿Para qué? ¿Para llenarla de más cosas?

Yo ya era de guardar, pero no me dedicaba a recoger los tornillos ni las tuercas que encontraba por la calle. Ahora, con la intención de alegrarle el día a mi marido, paso más tiempo mirando a suelo que al cielo.

Todo tiene su pro y su contra. Esta práctica me ha llevado a encontrar auténticos tesoros  a los pies de cualquiera, desde una pulsera de oro hasta la más pequeña moneda que siempre guardo por aquello de que “no sea que por no recogerla ahora, me falte algún día”. También me ha evitado más de una caída gracias a ver donde pongo los pies. Además me ha enseñado que hay tiempo para todo y que mirar al cielo como Dios manda es mejor hacerlo desde la tranquilidad y el sosiego de un momento de pausa.

“El que guarda siempre tiene” y yo termino la frase con “basura”. Porque de aquí a un síndrome de Diógenes incipiente, solo hay un velo y a medida que pasan los años, cada vez es más fino. No es la primera vez que recurrimos a aquel pote de pintura que guardábamos desde nadie sabe cuando y que está tan seco y tieso que solo sirve como ladrillo (ya se me ocurrió dar una idea para seguir guardándolo), por lo que, de todas formas, ha habido que ir a comprar otro. Esto pasa a menudo.

Aunque también es cierto que en más de una ocasión, cuando he pedido algo complicado o se ha estropeado un aparato de difícil arreglo, ha aparecido algún cachivache del fondo de un cajón, acompañado de la frasecita “el que guarda…”, que ha solventado el problema. No hay nada como tener un “manitas” en casa y si tuviera que calcular lo que nos ahorramos en ayudas profesionales y en piezas que se guardaron en algún momento, posiblemente daría para irnos de vacaciones.

La verdad es que no se hace ningún mal acumulando trastos, mientras no invadan nuestro espacio personal. Yo acumulo tés de diferentes tipos que no sé si llegaré a tener tiempo de tomar. Cada uno encuentra la pequeña felicidad cotidiana a su manera.

La conclusión es que me he dado cuenta de que, con la edad,  tengo necesidad de vaciar mi vida de objetos pero la estoy llenando de frases hechas, refranes y pequeñas supersticiones (además de muchísimas otras cosas) que, si no son verdad, al menos están muy logradas.

Haciendo limpieza

 

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Después de tener que vaciar una vivienda llena, llena, repleta de libros, sobre todo maravillosas enciclopedias temáticas que, con todo el dolor de nuestro corazón, tuvimos que acabar tirando, he vuelto a reflexionar sobre la cantidad de cosas que llegamos a acumular y que no serán nada más que un problema para los que vengan después, el día que nosotros faltemos.

No es lo único que ha habido que tirar. Detrás de todas estas enciclopedias han ido años de estudio, experiencia y genialidad construidos a costa de otras cosas tanto o quizá más valiosas.

La cuestión es que una vez en casa, he vuelto a mirarme las estanterías y me he dado cuenta del tremendo problema en el que vamos a meter a nuestro hijo el día que tenga que desmontar nuestra vida. Porque nosotros éramos seis hermanos a trabajar, pero en casa no es más que uno. He entendido que había que hacer algo.

En un impulso, he cogido mis enciclopedias, esas que hace más de veinte años que nadie ha abierto,  y las he anunciado en uno de esas páginas de compra-venta-intercambio-regalo tan comunes en estos tiempos.

“Eso no va a quererlo nadie, ni regalado”, me han dicho. “Toda esta información se puede encontrar en internet en cualquier momento”, “Si ya nadie tiene sitio para poner estos mamotretos”…

Tengo que decir que son colecciones que hice en su momento con mucho cariño. Libros sobre antropología,  arqueología y personajes históricos que me entusiasmaron en mi época de estudiante. En total 78 tomos. Es verdad, un montón de kilos de papel, con manchas de vejez,  llenos de información y fotografías maravillosas, del trabajo de mucha gente entendida y de la ilusión de irlos recogiendo cada semana en la librería y colocarlos en su sitio después de leerlos tranquilamente con un taza de té en la mano.

Con gran alegría tengo que decir que dos de ellas se han ido a Lisboa y la tercera me la vino a buscar una chica que quería volver a estudiar y que se disculpaba porque casi tenía la sensación de que me la estaba robando.

Ha sido maravilloso. Hay dos personas felices con los libros y yo tengo una fantástica sensación de estar poniendo las cosas en su sitio. Ahora hay un tramo de estantería de metro y medio vacía. Y es preciosa.

Creo que la voy a dejar así.

El mejor

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Para ser el mejor solo hay una manera. Hay que ganar al mejor.

Pero no todo vale.

Ganar al mejor implica esfuerzo, mucho trabajo y espíritu de superación. No todo el mundo tiene esa capacidad, aunque a veces ésta se confunde con la codicia. De nada sirve poner zancadillas e impedimentos. Eso solo te convierte en un tramposo. De nada sirve desear algún mal o provocarlo. Eso te transforma en alguien mezquino y ruin. Destruir al mejor no te da derecho a ocupar su puesto. Eso sin tener en cuenta que, por norma general, por el camino se suelen dejar varios cadáveres.

La ambición desmedida te va apartando poco a poco de otras muchas cosas que también valen la pena. Y, desgraciadamente, para el puesto de EL MEJOR, solo hay una plaza. No conseguirlo por méritos propios te convierte en un fracasado de por vida. Y conseguirlo con malas artes, en alguien despreciable.

Entonces lo que hay que preguntarse es… ¿Vale la pena invertir tanto esfuerzo y talento para ser EL MEJOR? ¿Ser uno de los mejores no es suficiente? ¿O sencillamente ser muy bueno? A lo mejor es tan fácil como querer hacerlo bien. Y punto.

Cualquier reinado es solitario. Tener a todo el mundo por debajo te excluye. Provoca miedos y envidias. Nunca sabes que intereses tienen los que se mantienen a tu lado. Siempre hay que mirar a un lado y al otro para ver venir al que quiere tu puesto. Ya hay a quien le gusta estar en esa posición, pero me pregunto si, a la larga, no es una jaula de oro desde la que ver como el resto de la gente vive de verdad.