El que guarda siempre tiene

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Esta es una de las frases más escuchadas en mi casa, junto con “a casa aunque sean piedras”. El contexto está siempre rodeado de risas y puedo garantizar que no tengo la casa llena de piedras… solo algunas. Y porque es un piso pequeño. “Nos hace falta una casa más grande” me dicen. ¿Para qué? ¿Para llenarla de más cosas?

Yo ya era de guardar, pero no me dedicaba a recoger los tornillos ni las tuercas que encontraba por la calle. Ahora, con la intención de alegrarle el día a mi marido, paso más tiempo mirando a suelo que al cielo.

Todo tiene su pro y su contra. Esta práctica me ha llevado a encontrar auténticos tesoros  a los pies de cualquiera, desde una pulsera de oro hasta la más pequeña moneda que siempre guardo por aquello de que “no sea que por no recogerla ahora, me falte algún día”. También me ha evitado más de una caída gracias a ver donde pongo los pies. Además me he enseñado que hay tiempo para todo y que mirar al cielo como Dios manda es mejor hacerlo desde la tranquilidad y el sosiego de un momento de pausa.

“El que guarda siempre tiene” y yo termino la frase con “basura”. Porque de aquí a un síndrome de Diógenes incipiente, solo hay un velo y a medida que pasan los años, cada vez es más fino. No es la primera vez que recurrimos a aquel pote de pintura que guardábamos desde nadie sabe cuanto y que está tan seco y tieso que solo sirve como ladrillo (ya se me ocurrió dar una idea para seguir guardándolo), por lo que, de todas formas, ha habido que ir a comprar otro. Esto pasa a menudo.

Aunque también es cierto que en más de una ocasión, cuando he pedido algo complicado o se ha estropeado un aparato de difícil arreglo, ha aparecido algún cachivache del fondo de un cajón, acompañado de la frasecita “el que guarda…”, que ha solventado el problema. No hay nada como tener un “manitas” en casa y si tuviera que calcular lo que nos ahorramos en ayudas profesionales y en piezas que se guardaron en algún momento, posiblemente daría para irnos de vacaciones.

La verdad es que no se hace ningún mal acumulando trastos, mientras no invadan nuestro espacio personal. Yo acumulo tés de diferentes tipos que no sé si llegaré a tener tiempo de tomar. Cada uno encuentra la pequeña felicidad cotidiana a su manera.

La conclusión es que me he dado cuenta de que, con la edad,  tengo necesidad de vaciar mi vida de objetos pero la estoy llenando de frases hechas, refranes y pequeñas supersticiones (además de muchísimas otras cosas) que, si no son verdad, al menos están muy logradas.

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Haciendo limpieza

 

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Después de tener que vaciar una vivienda llena, llena, repleta de libros, sobre todo maravillosas enciclopedias temáticas que, con todo el dolor de nuestro corazón, tuvimos que acabar tirando, he vuelto a reflexionar sobre la cantidad de cosas que llegamos a acumular y que no serán nada más que un problema para los que vengan después, el día que nosotros faltemos.

No es lo único que ha habido que tirar. Detrás de todas estas enciclopedias han ido años de estudio, experiencia y genialidad construidos a costa de otras cosas tanto o quizá más valiosas.

La cuestión es que una vez en casa, he vuelto a mirarme las estanterías y me he dado cuenta del tremendo problema en el que vamos a meter a nuestro hijo el día que tenga que desmontar nuestra vida. Porque nosotros éramos seis hermanos a trabajar, pero en casa no es más que uno. He entendido que había que hacer algo.

En un impulso, he cogido mis enciclopedias, esas que hace más de veinte años que nadie ha abierto,  y las he anunciado en uno de esas páginas de compra-venta-intercambio-regalo tan comunes en estos tiempos.

“Eso no va a quererlo nadie, ni regalado”, me han dicho. “Toda esta información se puede encontrar en internet en cualquier momento”, “Si ya nadie tiene sitio para poner estos mamotretos”…

Tengo que decir que son colecciones que hice en su momento con mucho cariño. Libros sobre antropología,  arqueología y personajes históricos que me entusiasmaron en mi época de estudiante. En total 78 tomos. Es verdad, un montón de kilos de papel, con manchas de vejez,  llenos de información y fotografías maravillosas, del trabajo de mucha gente entendida y de la ilusión de irlos recogiendo cada semana en la librería y colocarlos en su sitio después de leerlos tranquilamente con un taza de té en la mano.

Con gran alegría tengo que decir que dos de ellas se han ido a Lisboa y la tercera me la vino a buscar una chica que quería volver a estudiar y que se disculpaba porque casi tenía la sensación de que me la estaba robando.

Ha sido maravilloso. Hay dos personas felices con los libros y yo tengo una fantástica sensación de estar poniendo las cosas en su sitio. Ahora hay un tramo de estantería de metro y medio vacía. Y es preciosa.

Creo que la voy a dejar así.

El mejor

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Para ser el mejor solo hay una manera. Hay que ganar al mejor.

Pero no todo vale.

Ganar al mejor implica esfuerzo, mucho trabajo y espíritu de superación. No todo el mundo tiene esa capacidad, aunque a veces ésta se confunde con la codicia. De nada sirve poner zancadillas e impedimentos. Eso solo te convierte en un tramposo. De nada sirve desear algún mal o provocarlo. Eso te transforma en alguien mezquino y ruin. Destruir al mejor no te da derecho a ocupar su puesto. Eso sin tener en cuenta que, por norma general, por el camino se suelen dejar varios cadáveres.

La ambición desmedida te va apartando poco a poco de otras muchas cosas que también valen la pena. Y, desgraciadamente, para el puesto de EL MEJOR, solo hay una plaza. No conseguirlo por méritos propios te convierte en un fracasado de por vida. Y conseguirlo con malas artes, en alguien despreciable.

Entonces lo que hay que preguntarse es… ¿Vale la pena invertir tanto esfuerzo y talento para ser EL MEJOR? ¿Ser uno de los mejores no es suficiente? ¿O sencillamente ser muy bueno? A lo mejor es tan fácil como querer hacerlo bien. Y punto.

Cualquier reinado es solitario. Tener a todo el mundo por debajo te excluye. Provoca miedos y envidias. Nunca sabes que intereses tienen los que se mantienen a tu lado. Siempre hay que mirar a un lado y al otro para ver venir al que quiere tu puesto. Ya hay a quien le gusta estar en esa posición, pero me pregunto si, a la larga, no es una jaula de oro desde la que ver como el resto de la gente vive de verdad.

¡Un año ya!

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Parece que llevo toda la vida aquí y sin embargo solo hace un año. ¡Una año ya!

Se han encargado de recordármelo en Facebook y en el mismo WordPress. Si no llega a ser por las redes sociales, la fecha me hubiera pasado desapercibida. No se si darles las gracias o maldecir el día que se me ocurrió permitir que empezaran a formar parte de mi vida.

Después de un año, los míos y yo seguimos en el mismo sitio. Mi eterna taza de té, también. Las ganas de explicar historias, con interrupciones laborales y emocionales, siguen intactas, solo que enfocadas hacia distintas direcciones. Lo siento. Tengo este blog  bastante abandonado y no me enorgullezco de ello. Pero es que la cosa no da para más.

La cabeza me hierve de nuevas ideas, de proyectos a estrenar, de cuentos a cual más extraño y retorcido, de ilusiones que desarrollar. Se me junta todo y no acabo de encontrar la manera de desligarlo y sacarlo adelante. Debe ser la primavera. Lo que sí es seguro es que mucho de lo que me ronda tiene poco futuro porque con tanto volumen, para que algo llegue a buen término, algo tiene que quedarse por el camino. Me pasa que me despierto con un pensamiento y la convicción de que no debo olvidarlo y en cuanto me siento a escribirlo (mi abuelo siempre decía que más valía un lápiz corto que una memoria larga) ya es otra idea la que redacto y de la primera solo queda el recuerdo de que existió. Me fastidia que esto pase. Mucho.

Acabo de recordar que ya cuando tenía catorce o quince años siempre llevaba una libretita en el bolso (era un macuto de esos que llamábamos “de progre”) donde anotaba pensamientos e ideas que en ese tiempo creía geniales. La libreta se ha perdido y de lo que allí había escrito solo recuerdo el dibujo de unos gamusinos contentos – algún día os contaré esa historia- y una frase que se ha quedado conmigo siempre.

“Daría la mitad de mi vida a cambio de que la otra mitad durara el doble”

Mis amigos me decían que era una estupidez, que al final el resultado era el mismo. Pero yo siempre he pensado en lo que me cundiría el día si, trabajando ocho horas y durmiendo otras ocho, tuviera treinta y dos para desarrollar el resto de mis inquietudes. Y en buenas condiciones, no con ochenta años, artrosis, posible alzheimer o demencia senil y no se cuantas imposibilidades más. Quizás me faltaría el conocimiento que da la madurez y la experiencia, pero la supliría con energía, con estudio, con ilusión.

Bueno, la cosa es que con el tiempo del que dispongo voy a hacer el intento de cuidar un poco más a mis noventa seguidores fijos y unos cuantos más eventuales. Procuraré volver a hacer algunas buenas recetas, seguiré fotografiando rincones curiosos con mis tazas de té y me pondré en contacto cuando tenga algo que contar.

Gracias por estar conmigo durante todo este año. Me habéis dado alguna sorpresa y un montón de satisfacciones. Beso.

 

Sumar y restar

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Lo único que realmente me incomoda del paso de los años es darme cuenta de la cantidad de cosas que se me van a quedar por hacer y aprender, la cantidad de sitios que no visitaré, la cantidad de personas interesantes que no conoceré. Es una pura cuestión de tiempo. No tengo bastante.

Pues no lo pierdas, me digo a mi misma. Le doy vueltas y acabo llegando a la conclusión que no siempre que lo parece, se pierde el tiempo. Lo que pasa es que lo utilizamos para otras cosas. Descansar, mirar al infinito frente al mar, jugar un rato con el ordenador, tomar una taza de té con alguien que te gusta, pasar el domingo en el sofá con la familia, no es perder el tiempo. Ni siquiera no hacer nada es perder el tiempo, siempre que eso sea lo que quieres hacer. Eso suma.

Sin embargo cuando estás en la cola del médico o en la parada del bus que no viene, cuando has quedado con alguien que te está dando plantón o que demuestra no querer estar contigo, las eternas esperas al teléfono para cualquier reclamación o información, cuando haces con ilusión un trabajo bien hecho y no te lo reconocen o te lo menosprecian, entonces sí que aparece esa sensación de pérdida. Pero es porque no lo has decidido tú sino porque han dispuesto de tu tiempo como si este no tuviera valor. Eso resta.

El tiempo se pierde cuando lo necesitas para algo y no puedes utilizarlo, cuando estás con las personas inadecuadas, cuando haces algo innecesario que además no te gusta. Lo que hagas con tu tiempo siempre tiene que sumar. Lo que sea. Bienestar, calor, diversión, cariño, generosidad, placer, satisfacción, aprendizaje, compensaciones, experiencia, compañía… pero siempre sumar. Eso no quiere decir que todo tenga que ser estupendo. Una mala experiencia también puede sumar y a veces, ahorrártela resta.

Disponer del propio tiempo es la mejor decisión que uno puede tomar. Determinar para que lo uses y con quien es un ejercicio complicado que requiere mucha disciplina y determinación. Hay que aprender a tirar toda la basura emocional que se acumula durante la vida y  reordenar las prioridades, asumir que las tuyas pueden ser muy distintas a las de los demás y aceptando las incompatibilidades, buscar el equilibrio. Porque no todo lo que deseamos es posible ni todo el mundo nos quiere en su vida. Pero el abanico de posibilidades es tan amplio que no vale la pena obcecarse por lo utópico y dejar perder otras oportunidades. De todas formas tampoco tendremos bastante tiempo de disfrutarlas todas.

Lo que tenemos entre manos

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Cuando éramos pequeños, mis hermanos y yo jugábamos a apuntar cuantas veces repetían los mismos anuncios de televisión durante el día. Cualquier comentario que esta estupidez genere estará más que justificado. Aunque, en el fondo, no era más que otro juego como el de contar vehículos rojos cuando estás aburrido en asiento trasero del coche o como el que se me ha ocurrido esta mañana de observar que llevaban en las manos las personas con las que me cruzaba.

Unos turistas orientales iban cargados con bolsas de marcas caras, hay quien lucía un libro de la forma más elegante , un chaval joven cargaba con un soplador de hojas muertas, los que trabajaban portaban paquetes y cajas, un señor mayor pretendía impresionar a alguien con un bonito ramo de flores. Lejos de sorprenderme, el objeto más común era un móvil.

Entonces es cuando vale la pena sentarse en un banco a observar de forma más concienzuda.

Podría parecer que esos dos chicos van juntos. No sabría decirlo porque no parecen capaces de levantar la cabeza de sus móviles para cruzar una palabra. Uno de los dos tropieza, el otro ni se da cuenta. La chica pelirroja que se acerca en dirección contraria se ha puesto el suyo frente a la cara a un palmo de distancia y le habla como si estuviera dándole una conferencia. Esa mamá teclea con la derecha mientras arrastra a su hijo cogido con la mano izquierda. Me parece una nueva dimensión de la expresión “que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. El ejecutivo sale de la inmobiliaria donde se supone que trabaja con la conversación telefónica puesta. En la terraza del bar de enfrente hay dos mesas ocupadas. En una hay dos estudiantes haciéndose una selfie y el la otra un señor, sólo tomando café, que me provoca cierta ternura hasta que suena su teléfono.

Momento de reflexión. ¿No se nos estará yendo de las manos?

Un “CLINK” me ha recordado que alguien llamaba mi atención y en una acción completamente involuntaria he cogido el teléfono que tenía en el bolsillo, el mismo que me había prometido no volver a mirar en todo el día, para comprobar que no era más que publicidad. Otra vez. Y me he dado cuenta de que no soy quien para tirar la primera piedra.

¿Hoy es un día especial?

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Para empezar, cualquier día debería poderse considerar especial, no porque sea San Valentín o San lo que sea si no, simplemente, porque podemos vivirlo.  El problema, como siempre y como con todo, es que lo hemos convertido en una fiesta comercial.

En San Valentín celebramos la muerte (cosa que también tiene narices) de un médico romano, sacerdote cristiano, que osó enfrentarse al Emperador y sus consejeros al oponerse a la prohibición de contraer matrimonio que pesaba sobre todo joven que pudiera ser soldado. El médico Valentín se dedicó a casar a los enamorados en secreto y eso le costó martirio y ejecución. Es lo que tiene contrariar a los poderosos.

Existe una opinión muy generalizada de que no hace falta que sea un día especial para hacer un regalo acertado a la persona querida. También se aplica a Navidades, cumpleaños y onomásticas varias. Los aniversarios de boda merecen una mención especial. La pregunta del millón es… ¿entonces porqué el resto de los días, tampoco? Se de muchos resignados que lo asumen y se conforman con sorprenderse ellos mismos, haciéndose a la idea de que enseñar con el ejemplo, no funciona.

Y es una lástima, porque de lo que se trata, en el fondo, es de saber que alguien ha pensado en ti, de que se ha acordado de que para ti es un día especial. No hacen falta grandes gastos ni regalos caros. De hecho no tendría por qué ser más que un zumo de naranja en la cama, una cena preparada con cariño o un mensaje inesperado.

Yo recomendaría practicarlo de vez en cuando. Los resultados son espectaculares.

Y ya que podemos hacerlo cualquier día, ¿porque no hacerlo también los días oficialmente especiales?  “No, es que mi pareja no cree en eso y estamos de acuerdo en no celebrarlo”. Ya… Tú prueba.

Yo he celebrado San Valentín regalando a mis amores un montón de dulces en forma de corazón que se han encontrado sobre la mesa de la cocina cuando se han levantado. Se que les ha alegrado el día y la sonrisa, el abrazo y el beso  que me han dedicado a primera hora de la mañana, no tienen precio.