Sant Ponç, cosecha del 2016

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El 11 de mayo es una fecha que hay que marcar en verde en el calendario. Toca bajar a la calle Hospital a comprar dulces, miel, hierbas y remedios caseros.

Dicen que Sant Ponç llegó a Barcelona huyendo de sus perseguidores y encontró tanta miseria y enfermedades que empezó a preparar remedios y pócimas que conocía bien, para aligerar los dolores de la población. En su honor se celebra esta feria de hierbas y remedios.

Mis abuelos vivían en una calle paralela y ya desde pequeña teníamos la costumbre de hacernos un Sant Ponç. Claro que en esos años la feria era muchísimo más grande. Los puestos ocupaban los dos lados de la calle y se alargaban hasta la plaza del Padró. Apenas se podía pasar por la cantidad de gente que había. Ahora es casi un milagro que se haya conservado la tradición viendo como se ha reducido el número de comerciantes. Ya no hay alfareros ni cesteros, los vendedores de hierbas sanadoras se han reducido a dos o tres, hay algun puesto de macetas frescas y, afortunadamente, aun quedan recolectores de miel y artesanos del membrillo, pero son pocos.

Nosotros nos mantenemos fieles a la costumbre. El ritual es prácticamente el mismo cada año.  Dejamos la moto en la Rambla del Raval. Paseamos toda la calle Hospital hasta las Ramblas, controlando quien tiene la manzanilla más fresca, el membrillo más casero o la miel más brillante. Cerca de la plaza de Sant Agustí nos encontramos con un buen amigo para tomar el aperitivo. De paso, si tenemos necesidad, le pedimos algún imposible a Santa Rita, en la iglesia de la plaza.
De vuelta hacemos las compras. Arrope, cabello de ángel, unos caramelos de tomillo, manzanilla (un manojo para nosotros y otro para la abuela), un buen trozo de membrillo, un par de potes de miel fuera de lo normal y, cómo no, un té extravagante.

La de este año ha sido una cosecha austera y realista.

No vale la pena comprar grandes cantidades con la esperanza de poderlas disfrutar más tiempo. La experiencia me dice que después de unos días, la ilusión se desvanece (como casi con todo) y es fácil llegar al año siguiente con restos en la nevera. Es mucho mejor disfrutar unos pocos días y esperar otro Sant Ponç con ilusión renovada.

Una de las magias del día es que, al no es festivo, hay que robarle a la jornada un par de horas para celebrarla y hace que todavía sea más valiosa. Ha sido otro feliz Sant Ponç.

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