Vacaciones en el mar (y no tener que arreglar un error detrás de otro)

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El que más, el que menos, sueña algún día con un pequeño apartamento en primera línea de mar donde acabar sus días. Algunos afortunados lo pueden conseguir en la montaña de Montjuich. Claro que para entonces ya están muertos y “a buenas horas, mangas verdes”. Esas son las cosas que se me ocurren cuando paso por delante del cementerio de Montjuich.

(NOTA: “Los mangas verdes” eran los miembro de una institución creada en el siglo XV para defender el orden público, llamada La Santa Hermandad. Los llamaban “mangas verdes” por el color de las mangas de su uniforme. Parece ser que la eficacia y la rapidez no eran las principales virtudes de este cuerpo, ya que nunca llegaban a tiempo al lugar donde se había cometido el delito. De aquí la expresión “a buenas horas, mangas verdes”. A mitad del siglo XIX fueron sustituidos por la guardia Civil).

Después de muchos años de trabajo y ahorro, mis suegros tuvieron la fortuna de poder comprar un pequeño apartamento cerca de la playa para pasar su jubilación. Y nosotros la de poder disfrutarlo con ellos algunos días, en vacaciones.

Hace justo un año, la caldera de agua caliente se estropeó. Mi suegra, ya sola, llamó al servicio de mantenimiento oficial que tenía contratado para repararla. Le aconsejaron cambiarla y fue lo que hizo. Por no molestar, no lo comentó con ninguno de los hijos y así empezó su odisea. Tardaron casi quince días en terminarle la instalación, pasaron por la casa un equipo de fútbol de operarios, cada uno dando su opinión y poniendo su granito de arena. Al tiempo, mi suegra se dio cuenta de que el empalme perdía agua y la factura de gas subía demasiado. Vinieron, pusieron un par de arandelitas y lo dieron por bueno, con certificado incluido. Le cobraron una pequeña fortuna y a día de hoy aún no tiene ni factura ni garantía, a pesar de haberla reclamado varias veces.

De todo esto nos enteramos hace dos días, cuando vinieron a hacer la revisión del gas y nos dijeron que la instalación era un desastre, que el monóxido de carbono residual no salía al exterior y volvía a entrar en la cocina con el correspondiente peligro de intoxicación y que tenían que cortarnos el suministro de gas a no ser que nos negáramos pero bajo nuestra responsabilidad. Que daban parte a la compañía.

Fue cuando mi suegra, deshecha, nos lo contó todo. No paraba de lamentarse de cómo se abusa de la gente mayor.

Llamamos a los instaladores, vino el responsable y apenas hubo que explicarle nada. Enseguida se dio cuenta de las graves deficiencias, nos dijo lo que había que hacer y esa misma tarde mandaban a alguien.

Cuando mi suegra vio entrar al mismo que había dirigido las obras el año anterior, por poco le da un soponcio. El muy gallito entró haciendo como que dominaba la situación, dando por bueno su trabajo (“al fin y al cabo funciona, ¿no?”) y se puso a trabajar de mala gana, haciendo como que hacía todo lo que el supervisor le había dicho. Había que bajar el calentador para darle un poco más de tiro y hacer  que la salida del gas residual fuera ascendente para que no hubiera retorno. Nadie va ha tener que explicarme nunca más como se monta un calentador, ya me he hecho toda una experta.

No sabemos como hicieron los nuevos agujeros, pero el hecho es que a la tercera percusión saltó por los aires un pedazo de pared del salón al mismo tiempo que oímos un “me cago en la puta” al otro lado de la pared. Segundos de silencio. Y de repente, el gallito se había convertido en un pollito remojao que ni se atrevió a salir a dar la cara.

Terminaron la instalación, ya con otro talante y esta vez correctamente. Se fueron con el rabo entre las piernas, pidiendo disculpas a su manera y comprometiéndose a venir el martes a arreglar el desaguisado.

Y aquí estaremos el martes, esperándoles mientras tomamos una taza de té helado en lugar de estar tumbados en la playa, preguntándonos como harán para respetar el estucado que hay en toda la pared del salón.

La verdad… ¿todo esto era necesario?

Dos grandes lecciones. Si se hacen las cosas bien, solo hay que hacerlas una vez. Si se hacen las cosas mal, hay que reclamar y no parar hasta que estén bien hechas. Y como siempre…paciencia.

 

 

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3 pensamientos en “Vacaciones en el mar (y no tener que arreglar un error detrás de otro)

  1. Solo se me ocurre que vivimos en una sociedad triste, llena de irresponsabilidad y con mucha falta de solidaridad. Ayer casi nos ataca una señora mayor en lugar de ofrecernos su ayuda que tan bien nos hubiera ido. Pero eso es otra historia !
    Teresa

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