¡Tú mismo! (ese gran desconocido)

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¡Cuántas veces alguno de nuestros progenitores nos ha lanzado a modo de zapatilla la maldita expresión, cuando ya no podía más de argumentos estúpidos o de tozudez adolescente extrema!

Tú mismo. Libre albedrío. ¡Maldita sea! Ya nos han pasado la pelota. De repente toda la responsabilidad pasa a ser nuestra. Ya no podremos echar la culpa a nadie de una decisión estúpida o de un arrebato incontrolado y empiezan los nervios, las inseguridades, las indecisiones… la bajada de cabeza y finalmente, la derrota.

“Tú mismo” siempre ha querido decir “te he dicho que no, que pareces tonto, que no hay manera de que lo entiendas a pesar de que te lo he argumentado, te he advertido de lo que pasará , te he indicado lo mucho que me molesta y aun así ¿quieres seguir adelante? Ya estoy perdiendo la paciencia. Haz lo que te de la gana, pero que sepas que estoy muy disgustado y que tendrá sus consecuencias”. En resumen, ¡tú mismo!

Reconozcámoslo. En un alto porcentaje, este arma de destrucción masiva, funcionaba. Y seguirá funcionando, porque es un valor activo en toda herencia familiar y es una expresión que ha pasado de los abuelos a  los padres y  que los hijos la seguirán usando con su descendencia, aunque todos hemos jurado y perjurado que jamas la utilizaríamos. Lo mismo pasa con  “y si tu amigo se tira por la ventana…” Pero ese es otro tema.

Y cuando ya no tenemos edad para que nos amenacen, empezamos con la filosofía fácil  añadiendo  verbos delante. Sé tú mismo. Cree en ti mismo. Conócete a ti mismo.

Qué pereza.

A pesar de ser una recomendación ancestral que ya los antiguos griegos nos hacían, yo diría que a día de hoy nadie ha acabado de conseguir conocerse a sí mismo. Muchos creemos que estamos a punto de hacerlo  pero de repente, ante nuevas situaciones, nos sorprendemos con reacciones de las que nunca nos habíamos creído capaces. De algunas podemos presumir. Otras ni las comentamos por lo mucho que nos avergüenzan.

Al fin y al cabo, la vida no deja de ser una improvisación continua y por mucho que creamos conocernos, ya podríamos darnos con un canto en los dientes si aun somos capaces de sorprendernos a nosotros mismos, aunque no siempre nos guste.

Me voy a preparar una taza de té. Yo misma.¡Qué sorpresa!

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