Nocilla versus Nutella (la controversia está servida)

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¿Colacao o Nesquik? Chocolate con leche, sin leche, blanco, avellanas, almendras o pijadas varias. ¿Tú de quien eres? Y eso que solo estamos hablando de  cacao.

Entonces… ¿Pepsi o Cocacola? ¿Barça o Madrid? ¿con azúcar o sin? ¿Café o té? Aquí sí que lo tengo claro.

Hoy, un té verde con cardamomo, jengibre y miel, mientras medito si el ser humano realmente está preparado para vivir en un mundo social. Sobre todo cuando se generan airadas discusiones por estupideces como esas.

No es nuevo. Ya antes se discutió sobre el sexo de los ángeles, sobre si las mujeres podían considerarse personas y sobre el tamaño de la tortuga que sostenía el mundo conocido en medio de un mar de infortunios. Bueno, este último debate lo acabó de zanjar Colón (después de que muchos se quedaran por el camino) pero a cambio nos trajo el cacao y volvió a liarla.

Si ya en un ámbito tan reducido como la familia es difícil mantener la calma más de tres días seguidos, no es de extrañar que en un colegio, en el lugar de trabajo, en la sede de un partido político, en el gobierno y ya no te digo, entre dos países, las chispas estén siempre a punto de saltar y los conflictos sean el pan de cada día. Que cada uno somos como somos. Y que incluso compartiendo padres como buenos hermanos somos capaces de sacarnos los ojos por cualquier nimiedad.

Empiezo a creer que generamos todos estos conflictos porque no nos falta de nada. Especifico. Si tenemos qué comer, dónde dormir, ropa de abrigo, alguien que nos abrace y una buena puesta de sol que nos aporte la dosis de belleza diaria necesaria, deberíamos darnos con un canto en los dientes. Muchos matarían por tener la mitad. De hecho, si nos faltara parte de eso también nos pelearíamos por conseguirlo. Pero entonces el conflicto tendría una razón de ser. Cuestión de supervivencia.

La cosa es que cuanto más tenemos, más queremos. Demasiado tiempo libre. Y que cuando ya no encontramos por lo que luchar, nos buscamos por lo que discutir. Si por lo menos las discusiones sirvieran para reconstruir, reconociendo la razón de otros de vez en cuando, pidiendo disculpas cuando nos hemos pasado de la raya, cediendo si fuera necesario y alargando brazos conciliadores, quizás tendríamos alguna posibilidad.

Ahora, eso sí, maestros somos todos. Cuando la pugna se genera en casa ajena, nunca entendemos por qué tanta discusión por semejante tontería, siempre creemos que llevarnos bien no es tan complicado y sabemos cómo solucionar el problema.

¡Vamos hombre! El que esté libre de culpa…

Yo la pago con un pastel de queso. Apunta.

PASTEL MÁGICO DE QUESO DE VIRGINIA

Diez cucharadas de azúcar y cuatro de Maicena. Tres yogures naturales, tres huevos y dos tarrinas de Philadelfia o semejante.

Todo junto en un bol grande y un golpe de batidora. No tiene más.

La mezcla queda muy líquida, pero no hay que asustarse. La ponemos en un molde amplio y en el horno a 180º, aproximadamente 45 minutos. Hay que vigilar porque se tuesta enseguida. Y si genera montañas con aspecto de paisaje lunar, no preocuparse. Al salir del horno vuelven a su sitio.

Es exquisita. Gracias Virginia.

 

 

 

 

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