Cuando el desorden se convierte en una virtud (la provisionalidad de lo definitivo y viceversa)

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“De momento se queda aquí hasta que le encuentre un sitio definitivo”.

He repetido esta frase tantas veces y desde hace tanto tiempo, que ese lugar improvisado y provisional se ha convertido en el único e imprescindible donde poner el objeto en cuestión.

Me he dado cuenta de la cantidad de cosas que tengo en casa desde hace más años de los que recuerdo, puestas casi por aburrimiento en cualquier lugar y que se han incrustado de tal manera que es imposible sacarlas de allí. Acumular no es bueno y me doy cuenta de que sería conveniente deshacerse de alguna de ellas, pero es que también se han enquistado tanto en mí que ya no puedo prescindir de ellas. Mala solución.

Tengo una gran fuente de madera encima de la mesa del salón llena de pequeños objetos que han acabado allí por no saber dónde ponerlos. No tengo ni idea de lo que hay dentro y jamás he echado de menos nada de lo que pueda contener. Reconozco que sería tan fácil como vaciarlo en una bolsa de basura y olvidarme. Buena limpieza y quitarse un peso de encima. No puedo. Necesito sacar uno a uno cada pequeño gadget, ver si es útil o reutilizable y buscarle un buen sitio definitivo, que probablemente será el mismo cacharro de donde ha salido. Vamos mal, no acabaré nunca.

La biblioteca del despacho está llena de libros que no volveré a abrir nunca más. No me cabe ni uno y necesito espacio para los nuevos. Estoy perdida. Me paso horas mirándolos, con una taza de té en las manos, intentando decidir cuál de esos ejemplares condenar al olvido (y llevarlo al punto de reciclaje, porque no puedo dormir con la idea de destruir un libro) para dar cabida a las nuevas adquisiciones.  Si consigo sacar tres, me doy con un canto en los diente. Esto ya nos paso antes y habilitamos una nueva librería en el dormitorio. Grande para que nos durara. Fatal. Ahora tengo que repetir el proceso en las dos habitaciones. Y en el pasillo.

Y me da por pensar como damos por definitivas ciertas decisiones que incluso convertimos en compromisos y que desmontamos, cambiamos, reconvertimos o desechamos con mucha más facilidad que los objetos que nos rodean y a los que, muchas veces, nos aferramos de manera enfermiza.

Pero es que son nuestra vida, nuestro equipaje. Si los guardamos es porque significan algo para nosotros. Un recuerdo de algo o de alguien, un logro conseguido, un pongo horrendo pero hecho desde el corazón que lo convierte en un magnífico regalo, fotos, libros de viajes, aficiones, herencias… Y también, tengo que reconocerlo, un poquito pequeño de síndrome de Diógenes.

Definitivamente, lo dejo para otro día. Quizás sea más importante hacer limpieza interna, sacar toda la basura mental y reordenar ideas y prioridades. Este es un proceso que  ya hace tiempo que tengo en marcha y me está quedando un interior bastante apañadito. Mejor acabar una faena antes de meterse con otra.

Ahora no sé si ir a dar una vuelta o prepararme otra taza de té.

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