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UN PAR DE TORTOLITOS

Frente a mi lugar de trabajo tengo una ventana que va a dar a la terraza. De vez en cuando levanto la cabeza para ver un poco de cielo, el verde de los árboles del parque de detrás y a los pajarillos revoloteando al sol.

Hace como un año, si, coincidiendo con el primer confinamiento, una tórtola empezó a posarse sobre la cuerda de tender la ropa. Al cabo de poco, ya eran dos. Empezamos a ponerles migas de pan y cuando llevaban unas semanas visitándonos, decidimos pasarnos al alpiste. Dadas las circunstancias del momento, era una alegría encontrarlas cada mañana. No dejaban de simbolizar la libertad que nosotros no teníamos.

Durante meses se habituaron a convivir con mirlos, gorrioncitos y un petirrojo que también se paseaban por aquí. Como la gata es vieja, se limitaba a observarlos y todos ellos se fueron acostumbrando a su mutua presencia.

Con el tiempo hemos aprendido a distinguirlos y empezamos a conocer sus costumbres. A las tórtola, aves que se emparejan de por vida, no les gusta el pan, que sí vuelve locos a los animalitos más pequeños. El mirlo prefiere acercarse a robar granos de pienso del plato de la gata, albóndiga la llamamos, que se lo mira sin importarle compartir. A tal punto ha llegado la confianza, que si algún día nos retrasamos, se plantan delante de la puerta de la terraza con actitud de ¿en esta casa no se come?

Y así hasta hoy.

Desde hace un par de semanas aparece una tercera tórtola que se posa sobre la rama de uno de los árboles del exterior. De vez en cuando hace amago de acercarse y, para nuestra sorpresa, es inmediatamente rechazada, amenazada y perseguida por una de las otras dos, el macho, suponemos. Está claro que la pareja ha tomado posesión del territorio y no está dispuesta a permitir la más mínima intromisión.

Pero la nueva insiste. Y cada día somos testigos de auténticas batallas aéreas y terrestres, mientras el resto de los pájaros siguen comiendo como si no fuera con ellos.

Imposible hacerles entender que hay sitio y comida para todos.

Es la crónica de una realidad cotidiana.

Canción de cuna

Tan cerquita de la Navidad, estos son días que por lo general nos invitan a la nostalgia. Si además te despiertas a las cinco de la madrugada sin poder volver a conciliar el sueño y con la oscuridad como única compañía, aun más.

Me suele pasar eso de desvelarme a cualquier hora y, por lo general, es con alguna idea rondándome la cabeza. No tengo problema para dedicarle un tiempo de maduración a ese nuevo pensamiento mientras mi cuerpo termina de despertarse entre las sábanas, y casi siempre acabo levantándome para escribirlo. Como ahora.

Hoy he amanecido pensando en la canción de cuna que solía cantarle a mi hijo cuando no había manera de hacerle dormir. Como la mayoría de las madres, tengo mucha experiencia en ese campo. Horas y horas con el bebé en brazos, pasillo arriba, pasillo abajo, trabajando la paciencia, llegando al desespero, sin saber si lo que tenía el crio eran retortijones, otitis o ganas de atención. Y entonces recurría a “La hormiga Titina”, en una versión con la peculiar voz de de Luis Aguilé (increíble, pero cierto). Esa traviesa hormiguilla equilibrista que se pasea por la tela de araña con una sombrilla de flor amarilla, ha sido una de mis más potentes armas. Tengo la canción casi tatuada en la memoria desde ni me acuerdo y volvió a mí cuando más falta me hizo. ¡No sé las veces que he llegado a cantarla! Es uno de los temas de la banda sonora de nuestros recuerdos infantiles, el que nos proporcionaba paz y sosiego y que ha acompañado el sueño de los pequeños de la familia durante mucho tiempo.

Mientras escribo esto, se me ocurre que quizá podría utilizarla en mis horas de insomnio. La próxima vez que tenga problemas para dormir probaré de cantármela a mí misma, suave y lentamente, tal como se la cantaba a mi niño, espantando miedos y penas. Si funciona igual que de costumbre es posible que me duerma antes de terminarla o que siga cantando en sueños. Y entonces los agradables recuerdos de infancia, esos que nos hacen sonreír al mínimo estímulo, pasarán a ser también recuerdos de madurez.

https://www.youtube.com/watch?v=7QS46Ac1_eU&ab_channel=PetitsHabitants  para los curiosos. No ha habido manera de encontrar la versión de Luis Aguilé. Por desgracia no sé que ha sido del single que corría por casa.

Otra vez otoño

Como buen primer día de otoño, ha amanecido nublado.

Esta, que es una estación propicia para la melancolía, se ha encontrado el trabajo medio hecho después de un triste verano lleno de incertidumbre.

Creo que no hay nadie que se haya planteado el nuevo curso más que con un poco de resignación, sin imaginar demasiados proyectos, sin ilusionarse demasiado ante unas perspectivas bastante confusas. Por lo general impera la resignación.

Pero yo no quiero a dejar mi futuro próximo en manos del pesimismo. Más bien me agarro a la esperanza.

Esperanza de que todo esto acabe lo antes posible (y me rio mientras alzo la vista y suspiro) y de que realmente seamos capaces de sobrevivir a esta mal llamada nueva normalidad, que si ha de convertirse en nuestra rutina diaria, la maldigo a ella y a todo al que se le ocurrió semejante concepto.

Esperanza de volver a salir a la calle sin taparnos la boca para poder ver la sonrisa del de enfrente, o la tristeza del que necesita una palabra de apoyo.

Esperanza de que no se nos olvide lo mucho que nos gustaban los abrazos, los besos, las encajadas de mano, las confidencias al oído, compartir plato, soplar velas, bailar, cantar, y de que estemos a tiempo de darles a nuestros mayores el cariño físico que necesitan, de que nuestros jóvenes recuerden todo esto como una anécdota y nuestros niños ni siquiera lo recuerden.

Esperanza de que pronto podamos celebrar como está mandado nuestros sesenta cumpleaños, nuestras bodas o los finales de carrera, pero también nuestros funerales. De volver a hacer planes de viaje, de quedar para ir al cine, a cenar, al teatro, a un buen concierto…

Como suele decirse, no somos conscientes de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y la mayoría nos damos cuenta ahora de lo mucho que nos gustaba nuestra vida y de lo que daríamos por recuperarla.

Pues lo que nos piden para ello es paciencia, prudencia, sentido común, estar alejados de los que queremos y, a casi todos, un esfuerzo económico. Y, entre líneas, también nos piden docilidad y credulidad. Todo dentro de un ejercicio de responsabilidad para el que nadie está preparado, ni siquiera los que presumen de ello, en un ambiente de improvisación constante que nos tiene a todos un poco desconcertados.

Y si, pasará. Esto también pasará. Y aunque unos lo pagarán más caro que otros, nadie se mantendrá ajeno a las consecuencias.

Yo solo deseo que no nos dejemos vencer por el desanimo y que cuando nos lo permitan, estemos en condiciones de seguir disfrutando de este enorme don que es la vida.

Pero seamos positivos. Esta es una estación llena de preciosos colores y de hermosas tradiciones. Llegan las castañas, las setas y las tardes de chocolate caliente, sofá y mantita frente a una buena peli. Los primeros recogimientos tienen mucho encanto. Y como ya estamos medio acostumbrados al aislamiento y la soledad, este año no será tan difícil observar por la ventana una tarde lluviosa.

Feliz otoño.

Sant Jordi, segundo intento

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Quien haya tenido la fortuna de vivir un Sant Jordi en Barcelona, sabe la importancia que tiene este día para la ciudad. Engalanada de cultura,  las calles están llenas de flores y de libros, y de personas que llevan una flor y un libro bajo el brazo, además de una sonrisa satisfecha. Y es que la cultura favorece y sienta muy bien. A pesar de no ser un día festivo, no hay alma (y digo alma porque es desde donde se disfruta) que no busque el momento para salir a visitar a su librero de cabecera o se toma un respiro para pasear entre puestos de libros y rosas, entre autores que dedican sus obras, en un día bullicioso que invita a llevarse a casa aquella recomendación de un amigo o esa portada que hace días que te llama la atención. Las emisoras de radio se instalan en el exterior y nos retransmiten en directo cada nuevo acontecimiento y desde una tribuna se lee el Quijote con voces anónimas voluntarias. Es verdad que cualquier día es bueno para hacerlo, pero el de Sant Jordi se convierte también en una gran fiesta llena de color y palabras hermosas. Desde que tengo uso de razón no me he perdido ni una.

Este año no ha podido ser. El 23 de abril estábamos todos encerrados en casa y, a pesar de intentar por todos los medios técnicos paliar de alguna manera los efectos del desastre, un Sant Jordi sin poder salir a la calle no es un Sant Jordi ni es nada.

Ayer nos dimos  una segunda oportunidad disfrazada de “Día del libro”. Y tampoco pudo ser.

Yo me levanté con el alma contenta y la intención de pasear por la ciudad y visitar tantas librerías como fuera posible. Muy a mi pesar, ya sabía que se habían suspendido las firmas y cualquier acto que propiciara un encuentro multitudinario, pero me apetecía mucho vivir algo de ambiente. Cogí la moto y me fui al centro.

Creo que nunca he tenido la sensación de vivir una realidad paralela como la de ayer.

Barcelona estaba vacía y llena de miedo. En las terrazas de las avenidas principales solo los camareros esperaban a alguien. Bajé toda la Rambla de Catalunya, epicentro de actividad en un día como el de ayer, y volví a subirla empapándome de tristeza. Nada. Nadie. Escasos par de turistas japoneses enmascarados y algún que otro despistado como yo.

Pero no todo fueron penas. Sentada en un banco, mientras esperaba a mi amiga Elena con la que había quedado para comer, recibí dos nuevas reseñas de “Los juguetes de la guerra” que me alegraron el día. Y Elena me trajo su ejemplar para que se lo firmara, por lo que puedo decir que sí tuve firma en el día del libro.

Los que me conocen saben que soy una persona positiva de las que suele ver el vaso siempre lleno, aunque los tiempos que vivimos me lo ponen difícil. Así que, en un momento en que los sueños están en suspenso, las ilusiones un poco aletargadas y los proyectos no pueden tener plazos superiores a 48 horas, he decidido soñar con el próximo Sant Jordi e ilusionarme con mi nuevo proyecto.

Cosas de la radio

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A mucha menor escala que los artistas mediáticos, los que escribimos también tenemos que promocionar un nuevo libro, lo que nos convierte en protagonistas, amantes y verdugos de nuestro propio trabajo.

La radio tiene ese encanto de la inmediatez que a la vez la convierte en una gran torturadora. Además tiene unos tempos muy controlados. Con poca experiencia, aun me pongo muy nerviosa cada vez que tengo que enfrentarme a ella. Solo hay una oportunidad y todo lo que se dice, dicho está. Si en algún momento te quedas trabado y se te ocurre una palabra que no es la que tenías en mente y que, además, te lleva por caminos que no tenías previstos, solo queda seguir improvisando. Muchas veces dices más de lo que querías. Otras, te dejas cosas en el tintero. Algunas he tenido la sensación de meterme en jardines que más parecen laberintos sin salida. Afortunadamente me he encontrado con grandes profesionales que me han acompañado por este mundillo que sigue imponiéndome mucho. Y más si hay algún imponderable externo que interfiera.

Hace dos veranos me llamaron de Canal Sur para acordar una entrevista telefónica que iba a tener una importante difusión en toda Andalucía. Nos citamos dos días después. En ese momento estábamos de vacaciones en la montaña, en un lugar con unas condiciones de cobertura bastante precarias.

No era el mejor de los escenarios.

Mis cómplices y yo ideamos toda una estrategia que nos haría bajar al pueblo y encontrar un lugar apartado y sin estorbo alguno que tuviera buenas condiciones de comunicación.

El día en cuestión y con hora y media de tiempo, fuimos a una colina, entre dos repetidores, con unas maravillosas vistas del pueblo y con una cobertura fabulosa. Dejamos el coche en la explanada que se usa como parking. Subimos por un camino hasta un banco que hay en medio de una arboleda, frente al valle. El silencio era extraordinario. Apenas el movimiento de las ramas acompañando una suave y fresca brisa. Nos sentamos a esperar la llamada.

El que conozca el mundo de la radio sabrá que esa suave y fresca brisa  es uno de los mayores enemigos de las retransmisiones en directo. Pero nosotros, convencidos de que habíamos encontrado el lugar perfecto, no lo sabíamos.

Unos minutos antes de entrar en directo, suelen llamarte para que estés preparado. Lo primero que observó el muchacho al que encargaron esa tarea era que estábamos en el exterior. Me dijo que se oían muchas interferencias y me pidió si podíamos ir a algún lugar cerrado. “Entra usted  en cinco minutos” y me dejó en espera.

Uno se puede imaginar la cara que pusimos los tres. Tras unos segundos alguien dijo: “¡el coche!” Y empezamos a correr entre los árboles, camino abajo. Entraba en directo en el mismo momento en que cerraba la puerta del vehiculo, intentando controlar mi respiración y el galope de mi corazón que amenazaba con explotarme el pecho.

La entrevista duró alrededor de quince minutos y, como suele pasar, a medida que avanzaba me iba encontrando más cómoda. Alguien que me escuchó me dijo que al principio parecía un poco nerviosa (¿Un poco nerviosa? Me estaba ahogando, la sien galopando como caballo desbocado), pero que después parece que lo apañé bastante bien.

En cuanto despidieron la conexión, se me cayeron los brazos a los lados, cerré los ojos y empezamos a reírnos. Aun lo hago  cuando me acuerdo.

 

Casi Sant Pons

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En cualquier otra circunstancia, hoy hubiéramos encontrado el momento para bajar a la calle Hospital y pasearnos entre manojos de hierbas aromáticas, caramelos naturales y regalices, miel de todo tipo y procedencia, ungüentos, frutas confitadas, cabello de ángel y membrillos caseros. Hubiéramos comprado un cuarto de kilo de esto, medio kilo de lo otro y el ramo de manzanilla que cada año le llevamos a la abuela.

Aunque hace mucho viento, el sol nos hubiera invitado a hacer un vermut en la plaza de Sant Agustí y seguramente le hubiéramos puesto un cirio a Santa Rita en el altar que tiene en la iglesia que da nombre a la plaza. Siempre hay algo que pedirle o algo por qué darle las gracias.

Es un ritual que hacemos cada año desde que estamos juntos, pero este año no ha podido ser. Y nos entristece.

La feria de los herbolarios de Sant Pons ya hace tiempo que no es lo que era. Nosotros aun la habíamos vivido en todo su esplendor, cuando era difícil pasar por el estrecho pasillo que dejaban los puestos a ambos lados de la calle donde los artesanos vendían su producto,  los payeses ofrecían lo recolectado y los alfareros  exponían sus pequeñas obras de arte. El olor a especias, tés e infusiones impregnaba el ambiente y casi sanabas para todo el año al aspirar sus propiedades.

Últimamente ya no era así. Cada vez hay menos profesionales y también menos público. Siempre fieles, nosotros hemos ido viendo como esta tradición, igual que otras muchas, se está perdiendo.

A pesar de las circunstancias, no me he resignado y, con mascarilla y guantes, he ido a la herboristería del barrio para celebrar mi Sant Pons particular. De allí me he traído cuatro tarros de miel y una bolsa de manzanilla seca. Una lata de cabello de ángel del super y tres ramitas del romero que tengo en la terraza, han completado el bodegón de este año. Por supuesto que no es lo mismo, pero me tendrá el ánimo distraído hasta el año que viene, cuando seguro que podremos volver a bajar al centro y retomar esta entrañable tradición.

Cambio de armario

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Bajo con cuidado  las bolsas de vacío, esas que se encogen por obra y gracia del aspirador y donde han hibernado la prendas veraniegas que tanto añoro, para evitar que se me caigan encima, no vayamos a tener un disgusto, que por el peso aun podrían partirme el cuello y no sería una buena manera de empezar el verano.

Abrir estas bolsas es toda una ceremonia. ¡Que sinfín de sorpresas pueden contener! El subconsciente lleva un rato preparándome para la alegría del reencuentro y no me decepciona. Todas aquellas prendas que tan bien me acompañaron el verano pasado vuelven a la vida a medida que las voy sacando de la funda. ¡No me acordaba de esta blusa! ¿Y esta falda? Apenas me la puse la temporada pasada pero este año no me la pienso quitar de encima. Yo hubiera dicho que el pantalón de lino era más oscuro. ¡Qué de plancha me espera los próximos días! Claro, tanto algodón, tanto lino, ¿que querías? Aparece el vestido que lleve para la boda de… ¡uf! ni me acuerdo. Lo guardé porque, aunque me aprieta un poco, me quedará de maravilla en cuanto vuelva a mi peso, en un par de meses. De esto hace varios años y ya apenas me cabe en una pierna. ¡Pero es tan bonito! Quizá el año próximo.

Ropa y ropa se va amontonando sobre la cama y es el momento de rehacer conjuntos y de pedir opinión al espejo, ese gran enemigo.

-¿El año pasado me quedaba tan mal?

A ver, querida. Sí, te quedaba igual que ahora, quizá un poco más suelto, porque este invierno hemos hecho de las nuestras. ¿ehhh?

-Antipático.

Sincero.

-¿Esto siempre ha transparentado tanto?

El maldito asiente y yo desecho la prenda.

-¿Cómo puede ser que todo haya encogido durante el invierno?

-Milagros de las bolsas de vacío.

-Que gracioso…

Me miro de cara, de espalda, subo un poco la falda, recojo las mangas. Me hago la flaca y desisto. Probemos con otra combinación. Y otra. Y otra.

-Esto no está mal. Un poco atrevido, pero ya no tengo edad para vergüenzas.

¿Estás segura?

Yo diría que sí, ¿no?

Bueno, tú misma.

Mierda. ¿Sabes que te digo?, que mañana será otro día. Me voy a tomar una ducha.

Toda la ropa va a parar al suelo. De todas maneras necesita un agua con suavizante porque parece que ha cogido un poco de olor  a encierro. El espejo del baño, primo hermano del de cuerpo entero que tan bien me ha tratado, me insinúa que el saco de patatas sin forma alguna que me he puesto para estar por casa no me queda tan mal. Al final creo que con una buena dosis de tinte y una depilación como Dios manda las cosas se verán de otra manera. Ojalá.

 

Una Pascua diferente

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Frente a la mesa del despacho donde suelo escribir hay una gran ventana que me llena de luz la habitación. Desde ahí puedo ver como el limonero, la yuca, un ficus benjamín, el jazmín y la aloe vera conviven en paz y armonía igual que intentamos hacer nosotros cada día, en estas extrañas circunstancias que nos ha tocado vivir. Juntos esperan poder reunirse pronto con los chopos que hay ahí fuera, en el parque del interior de manzana, y bajo un cielo maravilloso disfrutan del aire limpio que, como nunca, se puede respirar en Barcelona. Es un parque tranquilo. Y más ahora que está cerrado al público. El silencio solo se rompe cuando, a las ocho en punto, los vecinos salimos a aplaudir a todos aquellos que se dejan la piel para hacer que todo vuelva cuanto antes a la normalidad. La primavera nos ha pillado encerrados y solo podemos disfrutarla asomados a las ventanas, así que dejémosla trabajar tranquila mientras nos promete un verano esplendido.

Mientras tanto, aprovechemos para hacer todas aquellas actividades que nos apetecían y para las que nunca encontrábamos suficiente tiempo. No se… Manosear un teclado, terminar aquel jersey que tenemos escondido en el fondo de la cesta de labores, arreglar las plantas, desarrollar una faceta “cocinitas” oculta, ver las películas en blanco y negro que dejábamos en la cola para cuando nos sobrara el tiempo. En fin, poner en orden nuestra vida, atrevernos con nuestros eternos proyectos y concedernos unos cuantos caprichos. Es el momento perfecto para todas esas llamadas que siempre queremos hacer. O para reducir esa montaña de libros pendientes, esos que están en la mesilla de noche o en la carpeta de favoritos de nuestra librería on-line. ¿Y por qué no arreglar el álbum de fotos que tenemos tan retrasado?

Es tiempo de ocuparse pero también de preocuparse. Concedámonos el derecho al desánimo, a la indignación y a la tristeza, aunque sin permitir que domine nuestro día a día, ya muy frágil de por sí. Es mejor informarse lo justo y no dejarse influenciar por todos los rumores que nos llegan por redes sociales que suelen provenir “de muy buena fuente” para ser desmentidos en seguida. Al final uno ya no sabe qué creer ni qué pensar. Y ahora es mejor no hacer ninguna de las dos cosas.

Ojalá pudiéramos actuar de otra manera. Ojalá tuviéramos los conocimientos o el aprendizaje necesarios para poder echar una mano. Como no es así, lo mejor que podemos hacer es no entorpecer el trabajo de los que están en primera línea de fuego. Y cuando nos toque de cerca, cosa que a todos en mayor o menos medida nos va a pasar, intentemos utilizar nuestra fuerza mental para enviar los mejores deseos y para superar los malos momentos.

Ya han pasado treinta días y parece que tenemos para treinta más. A pesar de que es ocasión de meditar en lo que nos gusta y lo que no de nosotros mismos, nuestras casas, nuestro país, nuestro mundo…, yo intentaré no darle demasiadas vueltas a la cabeza durante los próximos días y me esforzaré en hacer mucho y diferente para quitarme de encima la sensación de pérdida de tiempo.

Quedémonos en casa para que todo esto termine cuanto antes. Entonces ya tomaremos las decisiones que consideremos adecuadas.

Hoy celebraremos un Domingo de Pascua extraño y diferente. No desperdiciemos la escusa para hacer algo especial que nos alegre el día. ¡Feliz Pascua!

El hombre de té submarino

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El hombre de té submarino decidió sumergirse hace un tiempo en las profundidades del mar de té y por el momento parece que no tiene intención de volver.

Casi mejor porque no sé si entendería lo que está pasando.

Por desgracia no tengo manera de comunicarme con él. Allá donde esté no tiene internet ni radio ni televisión, no puede hacer llamadas ni videoconferencias, no dispone de libros, juegos, papel y lápiz, pegamento y tijeras, aguja e hilo, ventanas o balcones donde salir a homenajear cada día a un nuevo colectivo y, como lo conozco, tampoco tiene la capacidad inmensa que tenemos casi todos de adaptarnos a las adversidades y utilizar nuestra imaginación para hacernos la vida más fácil.

Apenas podrá moverse en ese traje encorsetado que solo le permite ver pequeños fragmentos de su realidad a través del cristal de su escafandra. Me pregunto qué le pasará por la cabeza.

Ojalá no se sienta encerrado ni se obsesione con una soledad que solo está en su mente. Ojala utilice este tiempo para reflexionar sobre otras maneras de hacer las cosas, para imaginar proyectos, recordar a la gente que le quiere y fantasear con los reencuentros.

Me encantaría poderle contar cuánto le echo de menos y las ganas que tengo de volver a abrazarle y de tomar una taza de té otra vez juntos. O una copa de vino, que igual apetece más.

Confío en que cuando decida volver todo habrá terminado y esta vida que tenemos en suspenso, pospuesta indefinidamente, haya vuelto a una nueva normalidad en la que todos hayamos aprendido algo.

Espero que sepa que para entonces yo estaré aquí, esperándolo.

¡Todo el mundo a escena!

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Y entonces, los nervios que hasta ahora se creían bajo control empiezan a jugar malas pasadas. Entra la risa floja y todos se dirigen miradas cómplices. Sorprendidos por los resultados de un buen maquillaje, balanceando las faldas de un vestuario perfecto y tragando saliva para aclarar la garganta con el temor de no llegar a la nota exigida, los miembros de la compañía salen de sus camerinos para reunirse sobre el escenario, ese espacio mágico que nos convierte en seres extraordinarios, ese lugar que nos transporta a otras épocas, a otros lugares, y nos hace vivir experiencias inesperadas.

El director sube algunos peldaños de la escalinata que forma parte de una escenografía necesaria. Tiene que dar las últimas instrucciones, pero queda poco tiempo para abrir las puertas de sala y es difícil conseguir silencio con tanta excitación.

Son una gran familia que no deja a nadie de lado. Todo el mundo tiene cabida en este grupo, gran ejemplo de compañerismo e inclusión. Más de cincuenta personas de todas las edades imaginables miran con confianza a su director. Sus palabras, así como las del director musical, la de escena y la coreógrafa, les dan seguridad. Los cuatro están convencidos de que lo que van a hacer es bueno, de que el resultado final será magnífico. Y esa confianza se contagia.

Los nervios se diluyen y se van convirtiendo en entusiasmo. Seguros de que lo van a pasar muy bien, harán que el público también disfrute. Probablemente habrá algún fallo, pero lo solucionaran con habilidad porque ya nada podrá estropear una noche gloriosa.

Han sido muchos meses de trabajo, muchas jornadas de estudio y ensayo, repeticiones, errores, aciertos, stress y nervios. Muchas horas de diseño, costura y ordenador. Mucho más de lo que se puede ver en un escenario, mucho más de lo que nadie puede imaginar.

Y por fin ha llegado el momento de la verdad, el que todos tememos y deseamos, el de mostrar al mundo el resultado de tanto esfuerzo y tanta ilusión invertida. Solo tenemos una oportunidad. Y será perfecta.

Ya suena la música que nos indica que empezamos. Ya se apagan las luces. Es el momento de decir aquello que dice todo artista antes de empezar: mucha mierda.

Son “La Bambolina Negra”.

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