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El mejor

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Para ser el mejor solo hay una manera. Hay que ganar al mejor.

Pero no todo vale.

Ganar al mejor implica esfuerzo, mucho trabajo y espíritu de superación. No todo el mundo tiene esa capacidad, aunque a veces ésta se confunde con la codicia. De nada sirve poner zancadillas e impedimentos. Eso solo te convierte en un tramposo. De nada sirve desear algún mal o provocarlo. Eso te transforma en alguien mezquino y ruin. Destruir al mejor no te da derecho a ocupar su puesto. Eso sin tener en cuenta que, por norma general, por el camino se suelen dejar varios cadáveres.

La ambición desmedida te va apartando poco a poco de otras muchas cosas que también valen la pena. Y, desgraciadamente, para el puesto de EL MEJOR, solo hay una plaza. No conseguirlo por méritos propios te convierte en un fracasado de por vida. Y conseguirlo con malas artes, en alguien despreciable.

Entonces lo que hay que preguntarse es… ¿Vale la pena invertir tanto esfuerzo y talento para ser EL MEJOR? ¿Ser uno de los mejores no es suficiente? ¿O sencillamente ser muy bueno? A lo mejor es tan fácil como querer hacerlo bien. Y punto.

Cualquier reinado es solitario. Tener a todo el mundo por debajo te excluye. Provoca miedos y envidias. Nunca sabes que intereses tienen los que se mantienen a tu lado. Siempre hay que mirar a un lado y al otro para ver venir al que quiere tu puesto. Ya hay a quien le gusta estar en esa posición, pero me pregunto si, a la larga, no es una jaula de oro desde la que ver como el resto de la gente vive de verdad.

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¡Un año ya!

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Parece que llevo toda la vida aquí y sin embargo solo hace un año. ¡Una año ya!

Se han encargado de recordármelo en Facebook y en el mismo WordPress. Si no llega a ser por las redes sociales, la fecha me hubiera pasado desapercibida. No se si darles las gracias o maldecir el día que se me ocurrió permitir que empezaran a formar parte de mi vida.

Después de un año, los míos y yo seguimos en el mismo sitio. Mi eterna taza de té, también. Las ganas de explicar historias, con interrupciones laborales y emocionales, siguen intactas, solo que enfocadas hacia distintas direcciones. Lo siento. Tengo este blog  bastante abandonado y no me enorgullezco de ello. Pero es que la cosa no da para más.

La cabeza me hierve de nuevas ideas, de proyectos a estrenar, de cuentos a cual más extraño y retorcido, de ilusiones que desarrollar. Se me junta todo y no acabo de encontrar la manera de desligarlo y sacarlo adelante. Debe ser la primavera. Lo que sí es seguro es que mucho de lo que me ronda tiene poco futuro porque con tanto volumen, para que algo llegue a buen término, algo tiene que quedarse por el camino. Me pasa que me despierto con un pensamiento y la convicción de que no debo olvidarlo y en cuanto me siento a escribirlo (mi abuelo siempre decía que más valía un lápiz corto que una memoria larga) ya es otra idea la que redacto y de la primera solo queda el recuerdo de que existió. Me fastidia que esto pase. Mucho.

Acabo de recordar que ya cuando tenía catorce o quince años siempre llevaba una libretita en el bolso (era un macuto de esos que llamábamos “de progre”) donde anotaba pensamientos e ideas que en ese tiempo creía geniales. La libreta se ha perdido y de lo que allí había escrito solo recuerdo el dibujo de unos gamusinos contentos – algún día os contaré esa historia- y una frase que se ha quedado conmigo siempre.

“Daría la mitad de mi vida a cambio de que la otra mitad durara el doble”

Mis amigos me decían que era una estupidez, que al final el resultado era el mismo. Pero yo siempre he pensado en lo que me cundiría el día si, trabajando ocho horas y durmiendo otras ocho, tuviera treinta y dos para desarrollar el resto de mis inquietudes. Y en buenas condiciones, no con ochenta años, artrosis, posible alzheimer o demencia senil y no se cuantas imposibilidades más. Quizás me faltaría el conocimiento que da la madurez y la experiencia, pero la supliría con energía, con estudio, con ilusión.

Bueno, la cosa es que con el tiempo del que dispongo voy a hacer el intento de cuidar un poco más a mis noventa seguidores fijos y unos cuantos más eventuales. Procuraré volver a hacer algunas buenas recetas, seguiré fotografiando rincones curiosos con mis tazas de té y me pondré en contacto cuando tenga algo que contar.

Gracias por estar conmigo durante todo este año. Me habéis dado alguna sorpresa y un montón de satisfacciones. Beso.

 

Lo que tenemos entre manos

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Cuando éramos pequeños, mis hermanos y yo jugábamos a apuntar cuantas veces repetían los mismos anuncios de televisión durante el día. Cualquier comentario que esta estupidez genere estará más que justificado. Aunque, en el fondo, no era más que otro juego como el de contar vehículos rojos cuando estás aburrido en asiento trasero del coche o como el que se me ha ocurrido esta mañana de observar que llevaban en las manos las personas con las que me cruzaba.

Unos turistas orientales iban cargados con bolsas de marcas caras, hay quien lucía un libro de la forma más elegante , un chaval joven cargaba con un soplador de hojas muertas, los que trabajaban portaban paquetes y cajas, un señor mayor pretendía impresionar a alguien con un bonito ramo de flores. Lejos de sorprenderme, el objeto más común era un móvil.

Entonces es cuando vale la pena sentarse en un banco a observar de forma más concienzuda.

Podría parecer que esos dos chicos van juntos. No sabría decirlo porque no parecen capaces de levantar la cabeza de sus móviles para cruzar una palabra. Uno de los dos tropieza, el otro ni se da cuenta. La chica pelirroja que se acerca en dirección contraria se ha puesto el suyo frente a la cara a un palmo de distancia y le habla como si estuviera dándole una conferencia. Esa mamá teclea con la derecha mientras arrastra a su hijo cogido con la mano izquierda. Me parece una nueva dimensión de la expresión “que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. El ejecutivo sale de la inmobiliaria donde se supone que trabaja con la conversación telefónica puesta. En la terraza del bar de enfrente hay dos mesas ocupadas. En una hay dos estudiantes haciéndose una selfie y el la otra un señor, sólo tomando café, que me provoca cierta ternura hasta que suena su teléfono.

Momento de reflexión. ¿No se nos estará yendo de las manos?

Un “CLINK” me ha recordado que alguien llamaba mi atención y en una acción completamente involuntaria he cogido el teléfono que tenía en el bolsillo, el mismo que me había prometido no volver a mirar en todo el día, para comprobar que no era más que publicidad. Otra vez. Y me he dado cuenta de que no soy quien para tirar la primera piedra.

Reinventarse a los cincuenta (el coraje de volver a empezar)

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Es el caso de un buen amigo que, después de quedarse sin trabajo, decide usar su tiempo y sus recursos para estudiar un grado superior de cocina. Podría ser el tema de una buena película nórdica, de esas lentas llenas de belleza culinaria.

Es el caso de una buena amiga que, después de un disgusto laboral, decide emprender un nuevo negocio con cariño, despacio, poniendo cuidado en todos los detalles y con extrema ilusión.

También es el caso de alguien a quien creo conocer muy bien que convive con la ilusión de publicar su primera novela.

Y es el caso de varios miembros de mi familia que, después de muchos altibajos, han conseguido encontrar a la persona que les hace felices.

Este fin de semana hemos ido de boda. Ha sido una acumulación muy intensa de sentimientos y sensaciones que se pueden resumir en una palabra: perfecto.

PEQUEÑA CRONICA DE UNA BODA PERFECTA

Se habla mucho de lo que tarda una mujer en arreglarse pero tengo que decir que la mañana de la boda, en la casa del novio, sola con seis hombres y faltando apenas una hora y media para la ceremonia, yo aun no había conseguido acceder a un cuarto de baño. ¡Hombres! Eso no es más que una curiosidad anecdótica, pero tenía que constar.

Después de varios días de terror atmosférico, la providencia nos regaló un día precioso sin demasiado calor. Los novios estaban impresionantes y todos los invitados complacidos. La ceremonia fue breve. Igual de perfecta que la copa de cava que los novios nos ofrecieron allí mismo, a la sombra del faro de Calella.

Un aperitivo ligero, una comida espectacular y una gran fiesta hasta las tantas acabaron de completar un día perfecto.

Los deseos, en una boda, son siempre grandilocuentes y tan bien redactados que añadir algo más suele parecer repetitivo y poco original. Yo solo deseo que aprendáis a ser felices juntos. Porque la felicidad no está por ahí dejando que choques con ella por casualidad. Hay que trabajarla cada día, alimentarla y darle descanso de vez en cuando. Y es cosa de dos. Que lo consigáis es mi deseo.

Ahora se van a la Patagonia a ver ballenas. Y a mí me matan de la envidia.

Voy a consolarme con una taza de té, que no son horas para un whisky.

El niño vuelve a casa (gracias y desgracias de ser padres)

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Nos pasamos toda la vida educándolos para que puedan ser independientes y cuando empiezan a serlo intentamos atarlos corto para que no se nos desmadren. Que incongruencia. Lo raro sería que no se nos rebotaran. ¡Y entonces nos parecen tan insoportablemente adolescentes!

En un esfuerzo de continencia y disciplina nosotros empezamos a permitir, ya desde los cinco añitos, que se nos lo llevaran quince días de colonias con un grupo solvente de montañismo y sin posibilidad de contacto alguno. Ya sabemos que es lo mejor para ellos. Es la manera de que se adapten al nuevo medio, que espabilen y que no se añoren. Pero… ¿Qué pasa con los abnegados padres? ¡Qué forma de sufrir!

Afortunadamente, siempre volvía. Roto, muy moreno por el sol o por la cantidad de roña acumulada, salvaje, muchas veces con piojos, pero feliz.

Cada año nos ponía el listón más alto y cada año lo hemos superado. Cada vez más lejos, cada vez más días. Las islas, Galicia, Asturias, Francia, México… A los dieciocho pasó un mes con tres amigos haciendo un Interrail por toda Europa. A los diecinueve, Irlanda.

Este año se ha ido dos meses a Noruega, solo, a la aventura, con los billetes de ida y vuelta y 600€, pero sin saber donde iba a dormir ni que se iba a encontrar allá. ¡¡¡DOS MESES!!!

Las ha vivido de todos los colores. Ha recorrido medio país en autostop, trabajando en granjas, durmiendo en bosques y estaciones de autobús. Ha conocido cantidad de gente interesante de todas las edades y de todas partes del mundo. Ha visto glaciares, lagos, acantilados, fiordos y maravillas naturales varias. Se ha comprado un Ukulele. Ha aprendido a cultivar, a hacer tejados, a ordeñar. Ha pescado y ha ayudado a una vaca a parir a su ternero (metiendo el brazo hasta el hombro para sacarlo). Ha salido publicado en la prensa local. Ha vendido quesos en un mercado y se ha alimentado de bayas del bosque y de restos en condiciones de los supermercados. Ha vuelto con el inglés muy mejorado. Pero también ha estado enfermo y se ha sentido solo. Ha caminado bajo la lluvia, ha sufrido algún que otro desengaño y, de vez en cuando, ha echado de menos a sus papas.

Ni que decir tiene que durante este tiempo, nosotros hemos seguido con nuestra vida. Pero cada noche, mientras mirábamos las estrellas con la taza de té entre las manos, pensábamos en lo que estaría haciendo el chaval, con un ojo pendiente del móvil por si llegaba algún mensaje o alguna foto que nos alegrara el día.

Otra vez ha vuelto feliz. Y con más de la mitad del dinero que se había llevado. Apenas bajar del avión ya nos ha comunicado que en cuanto pueda se va a Marruecos.

Después de estudiar gestión forestal, este año ha empezado Geografía.

Como padres, ¿qué futuro nos espera? …Cada uno lleva su cruz.

Buena gente (hablemos de amistad)

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El inocente, el trepa, el tarao y el tacaño. Todos tenemos, en nuestra completa colección de amistades, uno de cada. Si no, no estaría completa.

Como si fuera un álbum de cromos, empezamos a coleccionarlos cuando íbamos al cole. Pero pocos son los amiguitos del colegio los que continúan con nosotros. Son las reliquias de nuestra colección y quizás los más valiosos.

Porque la otra mayoría se ha ido quedando por el camino.

No es tan fácil evolucionar en paralelo y los que no se han casado con parejas demasiado absorbentes o se han ido a continuar sus aventureras vidas demasiado lejos, se han sentado a descansar cuando tu aún corrías o han seguido corriendo cuando tu necesitabas descansar.

Pero la vida te sorprende con gente que se añade a tu carrera o que se sienta a descansar contigo. O a lo mejor has sido tú que has tirado de su brazo para continuar juntos. Eso tampoco es garantía de nada. En cualquier momento pueden coger un desvío. Y lo que es peor, a lo mejor ni siquiera te has dado cuenta.

El hecho es que, a cierta edad, uno cree que ya tiene todos los puestos de lo que queda de la partida cubiertos por lo que se podría llamar “pandilla de supervivientes”. Si son pocos, apretaremos las sillas y si son muchos añadiremos unas cuantas. Y dedicaremos todo el esfuerzo a cuidar de nuestro rebaño, que ya nos da bastante trabajo y empezamos a estar cansados.

Cuando nos digan eso de “te voy a presentar a…”contestaremos que ya no queremos conocer a nadie más. Nos da pereza todo lo que comporta y caminamos despacito hacia la puerta de nuestro espacio de confort, para cerrarla. Hay algunos que consiguen colarse por la rendija, afortunadamente, porque es una lástima dejar fuera personas que podrían alegrarnos la vida aun a riesgo de que también se escurra algún que otro indeseable, que se esos todavía quedan muchos.

Yo apuesto por dejar la puerta un poco entornada. El que quiera entrar tendrá que hacer algo más de esfuerzo, pero si lo consigue se habrá ganado un puesto en mi mesa de póker.

Anoche fuimos a cenar comida siria con Virginia y Sergio. Una excelente cocina con unos buenos amigos es una combinación impecable para una noche fantástica. Y un té con menta bien dulce, un final perfecto.

Ahora tengo que escupir el exceso de miel que me ha quedado entre la cursilada y el teclado. Este es el típico comentario que le encantará a Virginia.

Y ahora tengo que guiñarle un ojo.

Felicidades varias (y le vamos metiendo años)

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No a todo el mundo le gusta cumplir años, pero sí que le digan cosas bonitas. A mí me gustan las dos cosas y hay un día al año en el que ambas coinciden.

Siempre me ha encantado el día de mi cumpleaños.

Cuando era pequeña, era el día que podía escoger lo que se comía y todos en la casa tenían que aceptarlo. Era de gustos fáciles. Siempre escogía huevos fritos y patatas fritas. Y pedía la cuarta parte de un queso grande para poderle hincar los dientes en el centro. Eso nunca me lo concedieron y de adulta tampoco me lo concedí yo. De hecho soy poco quesera. Que curiosos los recuerdos de infancia.

En la adolescencia, cuando crees que todo el mundo gira a tu alrededor y aun así te sientes siempre desgraciado y cuando todos estábamos en plenos exámenes de septiembre, esperaba que me llamaran y  apuntaba en una lista a todo aquel que se había acordado. Sin facebook, la lista solía ser corta y yo una adolescente otra vez desgraciada. O sea, feliz.

Cuando me independicé me preparaba yo misma las fiestas e invitaba a todo el que quisiera venir. A veces éramos muchos, a veces pocos, pero todos los que estaban querían estar. Era época de posicionamientos y de querer saber con quién podías contar. Me apetecían las sorpresas y de vez en cuando también caía alguna decepción. Tanto lo uno como lo otro solían formar un cumpleaños bastante feliz.

Ahora valoro más dedicarme el día a mi misma y dejar que todo fluya. Funciona. Son muchos los que se acuerdan, me llaman, me mandan mensajitos y me dicen cosas bonitas. Me gusta. Esta noche cenaré con mis chicos e interiormente me daré las gracias a mi misma por haberme cuidado tan bien, por haberme hecho durar un año más, me pediré que siga así y desearé poder volver a celebrarlo el próximo año. Me encantará que me hagan algún regalito (consumibles, por favor, no puedo más de acumular cosas, no quiero más cosas) y brindaremos a mi salud.

Porque ya no puedo brindar por la salud de la persona que realmente merecería el homenaje. Yo llegué aquí gracias al esfuerzo de otra persona que fue la que se preocupó de que llegara en buenas condiciones y la que me “parió con dolor” (tal y como nos condenó Dios en el Génesis, capítulo 3, versículo 16). Por eso, los últimos años que pude compartir con ella, cada 6 de septiembre le llevé un ramo de flores a mi mamá.

Y después me dedicaba a disfrutar de mi día que, ya que está montado así, para que vas a renunciar a ello.