Queridos Reyes Magos de Oriente

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Lo primero es agradeceros que hayáis podido llegar desde tan lejos para traernos este poquito  de ilusión, porque no puedo imaginarme ningún otro rey o gobernante, cercano o no, con la más mínima intención de regalar nada o hacer feliz a alguien.

Creo en vosotros porque no puede ser que tanta inocencia menuda esté equivocada y porque hace ya muchos años os vi entrar en mi habitación, aunque no me atreví a abrir los ojos para que no descubrierais que estaba despierta. Entiendo que necesitéis que estemos dormidos para acercaros a casa. Seguro que no podríais llegar a todos los hogares en una misma noche si en cada una quisiéramos hacernos una selfie con vosotros mientras os tomáis la copa de cava que dejamos para refrescaros. Debéis de ser muy, pero que muy magos para no terminar la noche con una turca de camello.

Todo este trajín no debe ser nada fácil, así que comprendo que llegue un momento en que solicitéis la ayuda de vuestros mejores cómplices, nuestros padres, que seguro reciben exactas instrucciones para dejar las cosas tal como vosotros las habríais dejado. Conseguir su colaboración también forma parte de vuestra magia. Y aunque de pequeños a nosotros nunca nos lo pedisteis, también quisimos participar de esta magia el día que nos dimos cuenta de que os olvidabais de vuestros ayudantes. Nosotros siempre habíamos dado por supuesto que se portaban bien. Tendríais que haber visto la cara que pusieron cuando vieron que ellos también tenían un regalo.

Yo creo que este año he sido buena, por lo menos todo lo que me han dejado y siempre sin intención de hacer daño a nadie. Por eso me permito el atrevimiento de pediros algunos deseos:

Paciencia. Mucha paciencia. Es que se me está terminando y la necesito para apaciguar al bicho malo que está a punto de saltar frente a los comportamientos injustos, egoístas y malintencionados que veo a menudo a mi alrededor.

Coraje. Lo necesito para decir SÍ en los momentos de debilidad cuando tengo que enfrentarme a proyectos duros, difíciles, trabajosos e inciertos. Y para decir que NO cuando veo actitudes que me agreden a mí y a los míos y que no rechazamos a tiempo por miedo, pereza o vergüenza.

Imaginación. Para encontrar salidas y nuevos caminos por donde guiar mi vida. Y para crear ilusiones  e ideas que pueda seguir escribiendo.

Sentido del humor. Porque me gusta reírme y cada vez veo menos cosas que lo provoquen. Quiero reírme de mí y con mi gente. Quiero perder el sentido del ridículo, ganar confianza y provocar el máximo de sonrisas a mi alrededor.

No es poco lo que pido y me gustaría que también se lo concedierais a la gente que quiero. Confío en vuestra magia y en la voluntad de todos ellos, así que ¿por qué no creer que sea posible?

Este año os dejaré una taza de té con especies en lugar de cava. Os gustará.

Feliz día de Reyes.

Último día del año (con programa especial de fiestas)

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Empezaremos con una buena siesta, una taza de té a media tarde, una ducha larga y renovadora y un gintonic mientras esperamos el momento de sentarnos a la mesa, decorada, nutrida  y servida con esmero para celebrar otra vez, cenando en la compañía elegida, lo que suponemos que es el final de un año y el principio de otro.

Que la razón de que lo celebremos este día en particular no tenga ninguna causa natural ni astronómica, le quita cierto romanticismo. De hecho, hasta que los romanos decidieron cambiar las cosas, el año empezaba en marzo durante el solsticio de primavera. Pero como era en enero que los cónsules romanos asumían el gobierno, Julio Cesar decidió cambiar el calendario y desde entonces el año empieza el 1 de enero. Realmente sería mucho más agradable esperar a que las flores comenzaran a abrirse y la temperatura fuese más agradable. Además de que no se nos concentrarían tantas celebraciones en tan poco tiempo.

Está claro que es intemporal eso de que los políticos se dediquen a estropear las cosas.

La expansión del imperio romano hizo que esta costumbre se ampliara a todo el mundo conocido y con las aventuras de Cristobal Colón, también al desconocido. De hecho, allá donde no llegaron las garras occidentales siguen celebrándolo en días distintos a los nuestros y la mayoría de las veces en fechas astronómicas mucho más lógicas.

De todas maneras, celebrar es siempre una buena idea. Lo que sea. Cualquier cosa.

Con los años he aprendido que no es necesario reunir grandes multitudes para disfrutar de buenas celebraciones. La mayoría de las veces es mucho más gratificante un mano a mano o un grupito reducido de personas que quieren estar juntas.

Esta noche seremos cuatro y un cochinillo que creo que será el único que no hubiera querido estar aquí. Nos reiremos, jugaremos a hacer balances, promesas y nuevos propósitos. A las doce en punto nos atragantaremos, como cada año, con las doce uvas y después nos desearemos lo mismo de siempre.

Por mi parte, lo que me gustaría es que viéramos brotar y crecer todo lo que hemos sembrado, que los malos vientos pasasen de largo lo antes posible, que de vez en cuando nos caiga alguna sorpresa agradable y que estemos cerca para verlo y celebrarlo.

Además me gustaría brindar por todos los que seguís este blog. Hace pocos días hemos llegado a las 2000 visitas, en poco más de medio año. ¿A ver si eso no es digno de una buena celebración?

Gracias por todo. Si estuvierais aquí os daría un buen abrazo, como hago siempre que nos vemos.

Feliz entrada de año.

¿Navidad o no Navidad? (¡esa es la cuestión!)

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Otro gran tema que levanta pasiones. La Navidad… O te encanta o la odias. En general, a nadie le es indiferente.

Entiendo que llegue a exasperar tanta lucecita por las calles, las canciones (siempre las mismas) que nos taladran mercado a mercado, tienda a tienda, los papa noeles con un incomprensible don de la ubicuidad y la multiplicidad, los atascos por todas partes (tanto de coches como de personas), la presión familiar, esa especie de obligación a hacer regalos…

Ya ni hablamos de los días clave en los que toda la familia, tanto la que te gusta como la que no, se reúne en torno a una mesa patrocinada por la madre que se ha matado a trabajar. Jaleo, risas y algún que otro llanto, comida, comida y más comida,  brindis tras brindis, reuniones clandestinas en la terraza para fumar, niños corriendo por todas partes y una anfitriona sentada en la cabecera, feliz de tener a todos los suyos reunidos en una misma mesa.

Y al día siguiente toca repetir en casa de la tieta. Los mismos que no nos volveremos a reunir hasta la próxima, que será un día después en casa de la abuela. ¿Cómo vamos a repetirlo durante el año si en tres días ya nos hemos sobresaturado?

Pues no puedo evitarlo. A mí me encanta.

Superando el concepto “friqui” (acabo de comprobar que la palabreja está registrada en el Diccionario de la Real Academia), yo diría que lo mío pasaría a la categoría de enfermedad.

Tenía la costumbre de comprar un árbol vivo por aquello de darle una oportunidad, con la promesa de que si sobrevivía se ganaría el derecho a no ser humillado otro año con tanta lucecita y pendientes navideños. Tuve que dejar de hacerlo en cuanto llegué a acumular, año tras año, cuatro arboles a los que les daba por seguir creciendo. A cambio, le pedí a mi marido que me construyera unas estructuras de madera para poder colgar todos mis adornos navideños que también, año tras año, iban aumentando en número. Ya tengo 10 estructuras, lo que me obliga a cambiar la decoración de la casa cada principio de Diciembre. Tradición navideña. Puestos a cambiar, también cambio las cortinas, las toallas, los manteles, los trapos de cocina…

Hay que poner los calendarios de adviento. Somos tres, pues tres calendarios.

Para los curiosos, ahí va un vídeo.  https://www.youtube.com/watch?v=tod-HoIRO9c&t=23s

En la cocina es la época de los tés navideños con especias de todo tipo, las galletas de navidad, las casitas de jengibre, el vino caliente con especias, el rosbif, los turrones caseros…

Y los regalos. Si de mí dependiera, nadie se quedaría sin un detalle, aunque fuera pequeño.

El día de Nochebuena nos reunimos los hermanos. Ya decidimos hace un tiempo que era indecente la orgía de paquetes que se organizaba cada año. Así que ahora sorteamos un amigo invisible para el año siguiente con la única condición de que lo que le regalemos tenemos que haberlo hecho nosotros mismos. Ahora es una orgía de imaginación, creatividad, originalidad y concentración de tiempo dedicado a la persona que te ha tocado. Una maravilla para después de la cena, que siempre empezamos con algún tipo de juego para decidir quién es el primero.

Este año la Navidad se me ha caído encima casi sin darme cuenta. Así que he decidido que voy a alargarla un poco más. No pienso quitar mi decoración navideña hasta finales de Enero, y todo aquel que quiera tomar un té con especias y alguna que otra galletita diferente conmigo, queda citado a partir del 7 de Enero, después de todos estos excesos, prisas y agobios  a los que nos sometemos, año tras año, por estas fechas. De todas formas, lo que tengo que daros ni caduca ni corre prisa.

Hoy he disfrutado de una bonita visita y de una sorpresa. Recién venido de Euskadi, se incorpora a mi colección el Olentzero. Me cuentan que es un carbonero  encargado de traer los regalos a los niños vascos. Bienvenido a la familia. Gracias Ander y Enrique.

LAS MEJORES GALLETAS DE NAVIDAD (Lebkuchen perfectas)

Necesitamos 100g. de avellanas, 100g. de nueces, la ralladura de una naranja y de un limón, 2 huevos, 180g. de azúcar,1 pizca de sal, 2 o 3 cucharaditas de especias navideñas (canela, jengibre, nuez moscada, clavo, cardamomo…) 125g. de harina, 1/2 cucharadita de levadura, obleas (opcional) y para la cobertura, zumo de naranja, zumo de limón y azúcar glass.

Primero hay que moler muy fino las avellanas y las nueces.

Mezclamos los huevos, el azúcar, la sal y las especias hasta que quede cremoso. Añadimos la avellana y la nuez molidas y la ralladura del limón y la naranja. Después incorporamos la harina y la levadura.

En una bandeja de horno cubierta con papel de hornear, hacemos pequeños montoncitos sobre las obleas( si las tenemos) y dejamos reposar una hora. Después solo necesitarán 15-18 minutos de horno a 175º.

Una vez frío, pintamos la superficie con el zumo escogido (según nos guste más ácido o más dulce) mezclado con el azúcar glass.

Realmente especiales.

 

 

 

 

 

 

 

Cuando el desorden se convierte en una virtud (la provisionalidad de lo definitivo y viceversa)

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“De momento se queda aquí hasta que le encuentre un sitio definitivo”.

He repetido esta frase tantas veces y desde hace tanto tiempo, que ese lugar improvisado y provisional se ha convertido en el único e imprescindible donde poner el objeto en cuestión.

Me he dado cuenta de la cantidad de cosas que tengo en casa desde hace más años de los que recuerdo, puestas casi por aburrimiento en cualquier lugar y que se han incrustado de tal manera que es imposible sacarlas de allí. Acumular no es bueno y me doy cuenta de que sería conveniente deshacerse de alguna de ellas, pero es que también se han enquistado tanto en mí que ya no puedo prescindir de ellas. Mala solución.

Tengo una gran fuente de madera encima de la mesa del salón llena de pequeños objetos que han acabado allí por no saber dónde ponerlos. No tengo ni idea de lo que hay dentro y jamás he echado de menos nada de lo que pueda contener. Reconozco que sería tan fácil como vaciarlo en una bolsa de basura y olvidarme. Buena limpieza y quitarse un peso de encima. No puedo. Necesito sacar uno a uno cada pequeño gadget, ver si es útil o reutilizable y buscarle un buen sitio definitivo, que probablemente será el mismo cacharro de donde ha salido. Vamos mal, no acabaré nunca.

La biblioteca del despacho está llena de libros que no volveré a abrir nunca más. No me cabe ni uno y necesito espacio para los nuevos. Estoy perdida. Me paso horas mirándolos, con una taza de té en las manos, intentando decidir cuál de esos ejemplares condenar al olvido (y llevarlo al punto de reciclaje, porque no puedo dormir con la idea de destruir un libro) para dar cabida a las nuevas adquisiciones.  Si consigo sacar tres, me doy con un canto en los diente. Esto ya nos paso antes y habilitamos una nueva librería en el dormitorio. Grande para que nos durara. Fatal. Ahora tengo que repetir el proceso en las dos habitaciones. Y en el pasillo.

Y me da por pensar como damos por definitivas ciertas decisiones que incluso convertimos en compromisos y que desmontamos, cambiamos, reconvertimos o desechamos con mucha más facilidad que los objetos que nos rodean y a los que, muchas veces, nos aferramos de manera enfermiza.

Pero es que son nuestra vida, nuestro equipaje. Si los guardamos es porque significan algo para nosotros. Un recuerdo de algo o de alguien, un logro conseguido, un pongo horrendo pero hecho desde el corazón que lo convierte en un magnífico regalo, fotos, libros de viajes, aficiones, herencias… Y también, tengo que reconocerlo, un poquito pequeño de síndrome de Diógenes.

Definitivamente, lo dejo para otro día. Quizás sea más importante hacer limpieza interna, sacar toda la basura mental y reordenar ideas y prioridades. Este es un proceso que  ya hace tiempo que tengo en marcha y me está quedando un interior bastante apañadito. Mejor acabar una faena antes de meterse con otra.

Ahora no sé si ir a dar una vuelta o prepararme otra taza de té.

Se van yendo (tener que dar las gracias con el corazón, a título póstumo)

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Tuvimos la suerte de que quisiera incluir Barcelona en su última gira y el acierto de ir a verle. No es un amor de última hora, hacía mucho tiempo que convivía con nosotros. ¿Qué vamos a hacer sin ti, Leonard?

El hecho es que, dejando al margen obviedades como el paso del tiempo, los iconos de nuestra vida van desapareciendo. Es una forma de orfandad que va dejando huecos en nuestro corazón, con un duelo quizás no tan profundo como el que nos provoca un ser cercano y querido, pero sí mucho más largo en el tiempo y sobretodo mucho más amplio por lo universalmente compartido.

Ahora nos bombardean con su música por todas partes y todos se apuntan al carro de la leyenda. Entonces uno siente que le están robando un poco de la intimidad que nos dedicabamos a menudo, ese trocito de genio que imaginábamos de propiedad.

Era mayor y parecía cansado. No creo que se haya ido a disgusto. Tenía gente con la que reencontrarse. Pero, egoístamente hablando, lamento todos los destellos de inspiración que se ha llevado, toda la poesía que con él desaparece, todas las melodías que ya no se oirán.

Este último disco que nos deja, triste y profundo como era su vida últimamente y que apenas ha podido cantar, será seguramente un gran éxito de ventas. Merecía vivirlo y disfrutarlo. Algo más a añadir al saco de las tristezas.

Sirva de homenaje el maravilloso Requiem de Mozart que unos cuantos tuvimos el privilegio de escuchar ayer por la tarde. Gracias Merce. A ti y a todos los que trabajasteis tanto para conseguir algo tan bien hecho.

https://www.youtube.com/watch?v=ytdjYjM-cLg&list=PLwjD81rPeQqXrMf0u_3Qk5Ye4X_2ddQjQ&index=9

Leonard, si alguna vez nos encontramos espero que me concedas este baile.

Parón técnico (lo que viene a llamarse etapa de transición)

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Esta era la crónica de una día corriente: Levantarse pronto, desayunar fuerte, “que tengáis un buen día”, ratito de ordenador. Aprovechar la mañana para ir a ver una exposición, comprar aquello, preparar cuatro cosas, quedar para comer con alguna buena amiga. Pero a las tres y media había que interrumpirlo todo. Hora de ir a trabajar. No volvería hasta las diez treinta de la noche por lo menos, pero…Buff ¡Como me había cundido el día!

De repente, se toman decisiones. A priori buenas. Y todo cambia. ¿Estoy mal? Noooo. Estoy rara, muy rara. Desorientada, confundida, aturdida, llena de ideas e intenciones nuevas que no sé por dónde empezar. Y creo que feliz.

No hago otra cosa que pensar en intentar pensar en algo y no se me ocurre nada. Tengo permanentemente en la cabeza la canción de Serrat, en modo “repeat”.

https://www.youtube.com/watch?v=uM0IT6Pg5f8 para ponerle banda sonora al post.

Había oído hablar del síndrome del jubilado. Esto debe ser algo parecido. Toda la vida programada casi al milímetro y de repente dispones de tanto tiempo que no sabes qué hacer con él. Es una pura contradicción, porque hasta hace unas semanas me faltaban minutos por todas partes y no hacía más que soñar con disponer de algunos más para terminar esto o empezar lo otro.

Ahora, que es cuando más tiempo tengo, lo necesito todo para aprender a administrármelo. Y aquello que ya está empezado y lo otro que aún está por empezar, me los encuentro esperando muertos de asco en la antecámara de mi zona de proyectos, donde se me va acumulando la faena. Parece que mi subconsciente no acaba de entender que esto no es para siempre. Que tengo la oportunidad de volver a reprogramarme según mis propios criterios, pero que tengo un plazo.

Demasiados días con una taza de té a un lado y las manos sobre el teclado, con todos los materiales a punto, con la masa entre los dedos, esperando y confiando en que el golpe de inspiración me encuentre trabajando.

Esta noche he tenido un sueño extraño. Trepidante, como de película de aventuras, completamente disparatado y con buen final. Quizás lo escriba. Sería una buena forma de volver a empezar. No es muy profundo, pero puede ser divertido. Aunque también es posible que ya lo esté olvidando y esa tampoco sea una buena opción.

Y así estamos…

Haremos panellets.

Necesitamos un kilo de almendra molida, 700g. de azúcar, una patata mediana hervida y chafada, coco, piñones, membrillo, almendra en cubitos y un par de cucharadas de café soluble.

Mezclamos la almendra con el azúcar y vamos añadiendo patata hasta que se haga una masa compacta. Nada más.

Para los de piñones o almendras solo tenemos que coger porciones pequeñas y darles la forma que queramos, cubrirlas con el fruto seco y disponerlas en una bandeja de horno forrada con papel de hornear.

Los de café solo necesitan mezclar la masa con el café soluble.

Para los de coco hay que añadir un poco más de patata y todo el coco que admita.

Y en los de membrillo hay que hacer un agujero en el centro de la pieza y meter un trocito dentro. El membrillo se funde con el calor y se desparrama si no está bien introducido.

Antes de hornearlos unos 10 minutos (hasta que estén doraditos) a 180º hay que pintarlos con yema de huevo.

Como la mayoría de los dulces, no son difíciles de hacer, pero tienen trabajo.

Por cierto, la tetera roja me la ha regalado Mº Angeles. Es perfecta. Las dos son perfectas.

 

 

 

Nocilla versus Nutella (la controversia está servida)

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¿Colacao o Nesquik? Chocolate con leche, sin leche, blanco, avellanas, almendras o pijadas varias. ¿Tú de quien eres? Y eso que solo estamos hablando de  cacao.

Entonces… ¿Pepsi o Cocacola? ¿Barça o Madrid? ¿con azúcar o sin? ¿Café o té? Aquí sí que lo tengo claro.

Hoy, un té verde con cardamomo, jengibre y miel, mientras medito si el ser humano realmente está preparado para vivir en un mundo social. Sobre todo cuando se generan airadas discusiones por estupideces como esas.

No es nuevo. Ya antes se discutió sobre el sexo de los ángeles, sobre si las mujeres podían considerarse personas y sobre el tamaño de la tortuga que sostenía el mundo conocido en medio de un mar de infortunios. Bueno, este último debate lo acabó de zanjar Colón (después de que muchos se quedaran por el camino) pero a cambio nos trajo el cacao y volvió a liarla.

Si ya en un ámbito tan reducido como la familia es difícil mantener la calma más de tres días seguidos, no es de extrañar que en un colegio, en el lugar de trabajo, en la sede de un partido político, en el gobierno y ya no te digo, entre dos países, las chispas estén siempre a punto de saltar y los conflictos sean el pan de cada día. Que cada uno somos como somos. Y que incluso compartiendo padres como buenos hermanos somos capaces de sacarnos los ojos por cualquier nimiedad.

Empiezo a creer que generamos todos estos conflictos porque no nos falta de nada. Especifico. Si tenemos qué comer, dónde dormir, ropa de abrigo, alguien que nos abrace y una buena puesta de sol que nos aporte la dosis de belleza diaria necesaria, deberíamos darnos con un canto en los dientes. Muchos matarían por tener la mitad. De hecho, si nos faltara parte de eso también nos pelearíamos por conseguirlo. Pero entonces el conflicto tendría una razón de ser. Cuestión de supervivencia.

La cosa es que cuanto más tenemos, más queremos. Demasiado tiempo libre. Y que cuando ya no encontramos por lo que luchar, nos buscamos por lo que discutir. Si por lo menos las discusiones sirvieran para reconstruir, reconociendo la razón de otros de vez en cuando, pidiendo disculpas cuando nos hemos pasado de la raya, cediendo si fuera necesario y alargando brazos conciliadores, quizás tendríamos alguna posibilidad.

Ahora, eso sí, maestros somos todos. Cuando la pugna se genera en casa ajena, nunca entendemos por qué tanta discusión por semejante tontería, siempre creemos que llevarnos bien no es tan complicado y sabemos cómo solucionar el problema.

¡Vamos hombre! El que esté libre de culpa…

Yo la pago con un pastel de queso. Apunta.

PASTEL MÁGICO DE QUESO DE VIRGINIA

Diez cucharadas de azúcar y cuatro de Maicena. Tres yogures naturales, tres huevos y dos tarrinas de Philadelfia o semejante.

Todo junto en un bol grande y un golpe de batidora. No tiene más.

La mezcla queda muy líquida, pero no hay que asustarse. La ponemos en un molde amplio y en el horno a 180º, aproximadamente 45 minutos. Hay que vigilar porque se tuesta enseguida. Y si genera montañas con aspecto de paisaje lunar, no preocuparse. Al salir del horno vuelven a su sitio.

Es exquisita. Gracias Virginia.