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Lo que tenemos entre manos

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Cuando éramos pequeños, mis hermanos y yo jugábamos a apuntar cuantas veces repetían los mismos anuncios de televisión durante el día. Cualquier comentario que esta estupidez genere estará más que justificado. Aunque, en el fondo, no era más que otro juego como el de contar vehículos rojos cuando estás aburrido en asiento trasero del coche o como el que se me ha ocurrido esta mañana de observar que llevaban en las manos las personas con las que me cruzaba.

Unos turistas orientales iban cargados con bolsas de marcas caras, hay quien lucía un libro de la forma más elegante , un chaval joven cargaba con un soplador de hojas muertas, los que trabajaban portaban paquetes y cajas, un señor mayor pretendía impresionar a alguien con un bonito ramo de flores. Lejos de sorprenderme, el objeto más común era un móvil.

Entonces es cuando vale la pena sentarse en un banco a observar de forma más concienzuda.

Podría parecer que esos dos chicos van juntos. No sabría decirlo porque no parecen capaces de levantar la cabeza de sus móviles para cruzar una palabra. Uno de los dos tropieza, el otro ni se da cuenta. La chica pelirroja que se acerca en dirección contraria se ha puesto el suyo frente a la cara a un palmo de distancia y le habla como si estuviera dándole una conferencia. Esa mamá teclea con la derecha mientras arrastra a su hijo cogido con la mano izquierda. Me parece una nueva dimensión de la expresión “que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. El ejecutivo sale de la inmobiliaria donde se supone que trabaja con la conversación telefónica puesta. En la terraza del bar de enfrente hay dos mesas ocupadas. En una hay dos estudiantes haciéndose una selfie y el la otra un señor, sólo tomando café, que me provoca cierta ternura hasta que suena su teléfono.

Momento de reflexión. ¿No se nos estará yendo de las manos?

Un “CLINK” me ha recordado que alguien llamaba mi atención y en una acción completamente involuntaria he cogido el teléfono que tenía en el bolsillo, el mismo que me había prometido no volver a mirar en todo el día, para comprobar que no era más que publicidad. Otra vez. Y me he dado cuenta de que no soy quien para tirar la primera piedra.

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