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Cansada de tener que ser feliz

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Hoy voy a levantar el puño en señal de lucha para reivindicar el derecho a estar triste, desanimada, enfadada, decepcionada, disgustada o decaída.

Vivimos en la era “be happy”. Es un continuo de bombardeos publicitarios sobre lo que debemos desear y adquirir para que nuestra vida sea siempre color de rosa. No hay día que no reciba por redes sociales algún consejo de auto ayuda diciéndome lo que tengo que rechazar, lo que tengo que sentir, lo que tengo que aprender, lo que tengo, tengo y tengo que hacer para ser feliz. Parece tener mala prensa cualquier manifestación contraria al perfecto equilibrio que siempre tiene que decantarse hacia el lado positivo.

Todo esto está muy bien pero, ¿alguien ha tenido en cuenta todas las circunstancias que rodean nuestra vida?

“No tienes ninguna razón para estar así”, te dicen. ¿Y tú que sabes?

“Venga, tienes que animarte”, te dicen. ¿Por qué? Deja que pase mi proceso. Deja que me desahogue, que me vacíe, que aprenda.

Cada cerebro es un mundo y el mío tiene vida propia y  complica, malmete, propone, hace y deshace tanto como le viene en gana. Lucho contra él, pero muchas veces es más fuerte que yo y entonces me despierto triste  o malhumorada, depende de lo que haya soñado o reacciono de forma diferente a cosas que hasta entonces me pasaban desapercibidas. Hay días que le da por cambiar el vaso para que sea tan pequeño que la próxima gota sea la que lo rebase. Otros es tan clarividente que me hace responder frente a claras injusticias a lágrima viva o a grito pelado.

Es el mismo cerebro que también hace que de repente te rías de las tonterías por las que ayer perdiste los papeles, o que tengas infinita paciencia con las actitudes descorteses que ayer te sacaron de quicio. El mismo cerebro que te vuelve a hacer llorar o gritar pero de puro asombro por ser capaz de percibir detalles que hacen que hoy todo tenga otro color. El que te relaja cuando tomas una taza de té mientras ves caer la lluvia que antes te deprimía.

Definitivamente, reivindico el derecho a estar mal. Porque eso también forma parte de mi manera de entender la vida. Porque a veces también estoy fabulosamente triste o maravillosamente enfadada. Porque estas incongruencias son las que me hacen sentir viva, valorar lo que pasa a mi alrededor  y actuar.

Y eso es lo que me hace feliz.