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Sumar y restar

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Lo único que realmente me incomoda del paso de los años es darme cuenta de la cantidad de cosas que se me van a quedar por hacer y aprender, la cantidad de sitios que no visitaré, la cantidad de personas interesantes que no conoceré. Es una pura cuestión de tiempo. No tengo bastante.

Pues no lo pierdas, me digo a mi misma. Le doy vueltas y acabo llegando a la conclusión que no siempre que lo parece, se pierde el tiempo. Lo que pasa es que lo utilizamos para otras cosas. Descansar, mirar al infinito frente al mar, jugar un rato con el ordenador, tomar una taza de té con alguien que te gusta, pasar el domingo en el sofá con la familia, no es perder el tiempo. Ni siquiera no hacer nada es perder el tiempo, siempre que eso sea lo que quieres hacer. Eso suma.

Sin embargo cuando estás en la cola del médico o en la parada del bus que no viene, cuando has quedado con alguien que te está dando plantón o que demuestra no querer estar contigo, las eternas esperas al teléfono para cualquier reclamación o información, cuando haces con ilusión un trabajo bien hecho y no te lo reconocen o te lo menosprecian, entonces sí que aparece esa sensación de pérdida. Pero es porque no lo has decidido tú sino porque han dispuesto de tu tiempo como si este no tuviera valor. Eso resta.

El tiempo se pierde cuando lo necesitas para algo y no puedes utilizarlo, cuando estás con las personas inadecuadas, cuando haces algo innecesario que además no te gusta. Lo que hagas con tu tiempo siempre tiene que sumar. Lo que sea. Bienestar, calor, diversión, cariño, generosidad, placer, satisfacción, aprendizaje, compensaciones, experiencia, compañía… pero siempre sumar. Eso no quiere decir que todo tenga que ser estupendo. Una mala experiencia también puede sumar y a veces, ahorrártela resta.

Disponer del propio tiempo es la mejor decisión que uno puede tomar. Determinar para que lo uses y con quien es un ejercicio complicado que requiere mucha disciplina y determinación. Hay que aprender a tirar toda la basura emocional que se acumula durante la vida y  reordenar las prioridades, asumir que las tuyas pueden ser muy distintas a las de los demás y aceptando las incompatibilidades, buscar el equilibrio. Porque no todo lo que deseamos es posible ni todo el mundo nos quiere en su vida. Pero el abanico de posibilidades es tan amplio que no vale la pena obcecarse por lo utópico y dejar perder otras oportunidades. De todas formas tampoco tendremos bastante tiempo de disfrutarlas todas.

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